Isidoro Ribas Noguer, misionero, jesuita en Japón: in memoria.

Cada mes de Octubre celebramos la Jornada Mundial de las Misiones, que nos recuerda como la misión, el anuncio de Cristo vivo y presente en nuestra vida personal y social, no es una ‘tarea’ más del cristiano, sino que pertenece a la misma esencia de la Iglesia. Una Iglesia que no sea misionera no es iglesia. Por esto quiero hacer memoria de un testimonio muy cercano y muy querido: mi tío Isidoro Ribas Noguer.

Él era hermano de mi madre y ha sido misionero en Japón más de 60 años y ha fallecido este pasado mes de enero con más de 90 años. Su vocación fue clara y temprana, entró en los Jesuitas (el Casal Borja para nosotros sus sobrinos era “la casa grande del tieto Lolo”) y se marchó a Japón aún antes de ordenarse: era su vocación, dónde se sintió llamado desde siempre, para él llamada al sacerdocio y a Japón fue una cosa sola. Allí pasó más de 60 años de misión, con mucho fruto, muchas conversiones. A menudo venían a vernos o incluso a vivir en Europa, personas convertidas por él. Frente a un testimonio de vida entregada así, nace espontaneo el agradecimiento a Dios por el regalo que ha sido su vida y su vocación de entrega total a Cristo, a su Señor, encarnada y realizada en el amor a San Ignacio, a los jesuitas y a Japón; porque siempre amar a Cristo debe hacerse carne en una historia particular.

Pudimos asistir por WEB en la misa funeral de cuerpo presente desde la casa de los Jesuitas en Tokio: impresionante, bellísima, delicada. Su amigo y compañero padre Javier Garralda, madrileño, contó en la homilía alguna anécdota de la amistad verdadera que les unió, mucho más fuerte de las diferencias ‘culturales’: dijo que lo que le consolaba en esta situación era el sentido del humor de Isidoro y la compañía de Cristo. Al final los asistentes se acercaban para dejar una flor sobre el féretro como señal de despedida en la belleza y en la esperanza. Quiero compartir algunos recuerdos y sentimientos.

Mis recuerdos son de sus pocos viajes a Europa y de un par de años que pasó aquí, ya enfermo. Recuerdo su entusiasmo, su positividad, su inteligencia humana y cristiana, su creatividad: un auténtico leader. Lleno de la energía que le venía de Cristo y de pasión por trasmitirlo al mundo. Como cuando nos hizo cantar a todos en la boda de mi hija Emanuela que celebró él: “The greatest thing / in all my life / is knowing you” [La cosa más grande / de toda mi vida / es haberte conocido]. Y lanzando su “Banzai! Banzai! Banzai!”, que en sus labios se convertía en el grito de la victoria de la vida, de la plenitud de la felicidad que nace de la comunión. Vivía un amor y una fidelidad inteligente a la Iglesia; escribió unos 20 libros en japonés para editoriales laicas. Fue responsable para Asia de la Cristian Life Communities y participó en el sínodo sobre los laicos acompañando el obispo japonés. Cada vez que podía venir a Europa su presencia generaba fraternidad, rompía barreras, hacía que las relaciones con familiares y amigos fueran más profundas, más sinceras y auténticas. De uno de estos viajes nació en mí una semilla que luego me empujó a empezar una experiencia de comunidad cristiana en las afueras de Milán donde vivíamos, en Pontesesto di Rozzano donde nació una realidad juvenil muy viva. Él nos insistió en la importancia de tener una compañía, de vivir la presencia en Cristo en una comunidad. Un verdadero cristiano genera siempre comunión vivida. Y como le gustaba cantar, sobre todo cantar en compañía.

Y en su primer viaje a Europa, para participar en la celebración de los 25 años de boda de mis padres, a las 4 horas de aterrizar en Milán, y solo con un misal celebró misa en casa… en italiano, con muy pocos errores: increíble.

La última vez que le vi fue en el aeropuerto; yo le contaba mis problemas y tensiones. Y aún recuerdo lo que me dijo: “Lo que no te permite estar en paz no viene de Dios”.

Cuando tuvo que retirarse él, con toda su energía y pasión, lo sufrió mucho. Nunca estamos tan cerca del Señor como cuando lo acompañamos en la cruz.

En este breve viaje por este mundo, dónde todo está condenado a pasar menos el Amor, la Fe y la Esperanza, él nos ha precedido en la casa del Padre, donde nos espera y reza por nosotros. Hasta pronto, tieto Lolo.

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