La otra bola negra: cuando el deseo veta la verdad

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El pasado 25 de septiembre se estrenó en los cines españoles La bola negra, la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo inspirada en una obra inacabada de Federico García Lorca. La cinta, que enlaza las vidas de tres hombres a través del deseo, el dolor y la herencia, obtuvo ex aequo el premio a la mejor dirección en Cannes. No estamos, pues, ante una producción discreta destinada a desaparecer en una plataforma un martes por la noche. Es una película de 155 minutos, gran presupuesto, guerra, época, estrellas internacionales y aspiraciones de Oscar. Cannes la presentó como uno de los grandes acontecimientos cinematográficos del año.

Conviene precisar algo elemental: no se trata de juzgar una película antes de verla. Podrá ser magnífica, mediocre o las dos cosas a ratos, como sucede con frecuencia en las obras ambiciosas. Pero las declaraciones de sus directores permiten examinar la concepción cultural que la acompaña.

En una reciente entrevista con El País Semanal, Ambrossi se preguntaba por qué debían conformarse con una pequeña película LGTBI+. Reivindicaba una gran producción bélica y de época protagonizada, interpretada y dirigida por hombres homosexuales. La ambición es legítima. El talento no tiene por qué viajar en clase turista. Pero el razonamiento encierra una curiosa contradicción.

Si la normalización significa que la orientación sexual no debe determinar el juicio sobre una persona, tampoco debería determinar el juicio sobre una obra.

Una película será buena por su guion, su interpretación, su lenguaje visual y su capacidad para revelar algo verdadero sobre la condición humana. Sin embargo, aquello que se nos pide que consideremos irrelevante para juzgar a la persona se convierte inmediatamente en el certificado que singulariza y engrandece el proyecto.

La identidad deja de ser una circunstancia y pasa a convertirse en argumento. Lo personal ya no es únicamente político: dispone de departamento de comunicación, subvención y alfombra roja. La homosexualidad no aparece solo como una realidad humana que merece respeto, sino como una categoría desde la cual reinterpretar la historia, la guerra, la familia y la cultura.

La cuestión se vuelve más interesante cuando Ambrossi habla del resurgimiento del catolicismo entre los jóvenes: «Cualquier dogma me parece muy peligroso». Es una frase perfectamente ajustada al gusto contemporáneo. El dogma recuerda a sacristía, sotana y ventana cerrada. La ideología, en cambio, suele presentarse bien vestida, con vocabulario de derechos y una amable acreditación institucional.

Nuestro tiempo, sin embargo, no ha eliminado los dogmas. Se ha limitado a cambiarles el nombre. Existen afirmaciones sobre el género, el aborto, la educación afectivo-sexual o la inmigración que apenas pueden discutirse sin que el discrepante reciba su correspondiente bola negra. Cuando una verdad procede de una tradición, de la ley natural o de la fe cristiana, se la declara peligrosa. Cuando una proposición nace anteayer en una facultad norteamericana y consigue mayoría parlamentaria, adquiere de pronto la respetabilidad de las tablas del Sinaí.

Lo contingente se proclama indiscutible. Lo permanente es acusado de dogmatismo.

El problema verdadero no es que nuestra cultura rechace todo absoluto. Rechaza, más exactamente, cualquier absoluto que no haya fabricado ella misma. Acepta la soberanía del deseo, pero no admite nada que pueda educarlo, ordenarlo o juzgarlo.

Dios puede conservar un pequeño lugar decorativo, siempre que bendiga nuestras decisiones, no contradiga nuestras preferencias y se abstenga de ser Dios.

La mirada cristiana parte de otro lugar. Antes de cualquier orientación, deseo o identidad, existe una persona creada a imagen de Dios. Esta afirmación reconoce la misma dignidad a Javier Ambrossi y Javier Calvo, al creyente y al ateo, al nacido y al concebido. La dignidad no depende de la adscripción sexual ni de la aprobación social. Precisamente por eso el cristianismo puede acoger a toda persona sin tener que declarar bueno todo deseo. Cristo no reduce al ser humano a sus inclinaciones: lo llama por su nombre y lo invita a una vida más grande que ellas.

Esto no significa idealizar el pasado. Hubo tradiciones que protegieron injusticias, poderes que utilizaron la religión y cristianos que no estuvieron a la altura del Evangelio. La comprensión contemporánea del sufrimiento ha corregido crueldades reales. Pero una sociedad no puede vivir solo de emanciparse. No puede transmitir sin herencia, obligar sin deber, juzgar sin verdad, cuidar sin vínculos ni reconciliarse sin perdón.

Por eso importan Lorca y los clásicos. No para encerrarlos en una vitrina, pero tampoco para reclutarlos en todas las causas del presente. Una obra clásica es aquella que todavía puede contradecirnos. Si solo le permitimos repetir lo que nosotros ya pensamos, no la hemos liberado: la hemos domesticado.

Antiguamente, una bola negra bastaba para impedir la entrada de alguien en ciertos clubes. Nuestra cultura presume de haber suprimido aquel procedimiento. Pero conserva una bola negra para toda verdad que pretenda trascender el deseo. Y la deposita en la urna con una sonrisa tolerante, que siempre resulta más moderna.

Una obra clásica sigue viva cuando puede contradecirnos. Si solo repite lo que pensamos, no la hemos liberado: la hemos domesticado. #Lorca #LaBolaNegra Compartir en X

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