Una nueva campaña de homoevangelización emprendida por los dos Javis, convertidos desde La llamada en apóstoles de una religión donde la fe se presenta como una experiencia puramente emocional de validación interna, conforme al oráculo de un dios que, con canciones de Whitney Houston, dio un mensaje que sus autores parecen haber convertido en epifanía y en mandato: ser «ellos mismos» y convertir al mundo entero.
El recibimiento parece haber sido de algarabía general, muy al estilo de la Semana del Orgullo, y no solo, aparentemente, por parte del activismo y los medios habituales, sino también de un público más general, aunque sospecho que sobre todo del sector que se llama a sí mismo progresista. No apartarse del canon de la «Memoria Histórica» ni de otros tópicos bien asentados en nuestro cine le garantiza, casualidad o no, la adhesión de ese público. Un drama al que han dado estructura de tríptico: tres épocas, tres hombres y una misma pulsión, que la película eleva de hilo conductor a definición última de los tres —eres lo que deseas—; justo lo contrario de la antropología cristiana, para la cual el hombre es criatura dotada de razón y voluntad, llamada a la filiación divina en Cristo, y ningún deseo, por hondo que sea, agota lo que es.
Dicho lo cual, el talento no se lo niego. Incluye el metraje de un poema visual potente, impactante, con un guion sonoro que a veces se enrosca en las imágenes como la serpiente en el árbol de la ciencia del bien y del mal del Paraíso, mientras que en otras parece la banda sonora de la expulsión de nuestros primeros padres tras querer ser ellos dioses —recordándome por momentos a la de la reciente Odisea de Christopher Nolan—, con escenas que, repartidas con inteligencia a lo largo de la cinta, mantienen el pulso narrativo como las bajadas a toda velocidad impulsan las vagonetas de una montaña rusa.
Hacen los Javis una apología muy inteligente del homosexualismo, mucho más allá de la denuncia de las persecuciones y discriminaciones injustas.
Lo zafio y feo, lo cruel, lo desagradable en extremo, lo macabro, realza por contraste la belleza y la poesía con que presentan, en escenas de gran potencia visual y emocional, la tentación, el deseo, el tormento interior y el amor contenido de los protagonistas. Juegan con la compasión, con el heroísmo frente a la adversidad y con la emotividad para que el espectador empatice profundamente con los personajes: una construcción emocional que desactiva la discusión moral y las objeciones de fondo, por ejemplo, que los actos homosexuales son desordenados en sí mismos. A ello se añade que erigir cualquier tendencia o deseo —este, o el de dinero, poder o fama— en criterio supremo por encima de todo bien lo convierte en un ídolo; y toda idolatría aparta al hombre de Dios —no a Dios del hombre, que no deja de amarle y llamarle a conversión— y altera por ende el orden de las relaciones humanas.
El error y el pecado, el desorden moral, resultan más seductores cuando vienen envueltos en bello papel de regalo, acompañados de cantos de sirena, mezclados con los deliciosos manjares de la hechicera Circe, y si de regalo te llevas además unas cuantas imágenes de estilo entre beefcake y rockabilly a la española, de tíos buenos para colgar en el salón o en el dormitorio de tu memoria y tapar con ellas los reparos de conciencia: operación de camuflaje completada.
La sordidez y la fealdad descarnada de algunas escenas podrían leerse, al margen de la intención de los Javis, como advertencia de que no todo es poesía, y de que la esclavitud a esos deseos tiene su propio tormento y su propia degradación, que se sufren en el propio ser sin necesidad de perseguidor alguno; pero sospecho que más bien tienen por objeto potenciar la belleza del poema visual por el vivo contraste.
Vayamos terminando: pese a esa improbable ambivalencia (que la película celebre con reservas lo que representa), el que considero mensaje dominante —el kerigma de estos homoevangelizadores tocayos— se condensa en las palabras del personaje de Penélope Cruz cuando impulsa a Sebastián a escuchar sus propios deseos —actualizarlos en su comportamiento, entiendo yo— y a rebelarse contra la moral que los desaprueba:
—Habla de lo que perdemos cuando nos negamos.
—¿Y qué nos perdemos?
—La vida.
Entendido así, el contraste con esta exigencia del seguimiento de Cristo es frontal:
«Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?»» (Mt 16, 24-26).
El corazón de cualquier ser humano —también el de los católicos— es un océano de secretos, y todos, sin excepción, saldrán a la luz: «No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece» (1 Cor 4,5). Juzgar la obra es deber de quien la ve; juzgar los corazones, ni el de los Javis ni el de nadie, no nos toca a nosotros. No ante la cámara ni ante el aplauso, sino ante Aquel que ve el corazón y que juzga con misericordia, pero juzga.
Ahí, y no en la validación de uno mismo, se decide qué vida se gana y cuál se pierde.
Fui con mi mujer a ver La llamada en el Teatro Lara en 2013, recién estrenada, y hasta ahora no había vuelto a ver nada de los Javis. Tardaré en repetir. Mientras tanto, como desde entonces, los tendré presentes en mis oraciones.







