En un pequeño taller de Cenicientos, en la sierra madrileña, se ha gestado una obra llamada a ocupar un lugar central en uno de los momentos más esperados de la visita del Papa León XIV a Madrid: la Cruz Peregrina que presidirá la Vigilia de Jóvenes en la plaza de Lima.
Detrás de esta pieza hay una historia de fe, de conversión, de trabajo ofrecido y de belleza puesta al servicio de la evangelización. Carlos Velásquez y Alba Guillén, responsables del taller Ars Domini, han elaborado la peana y el mástil de la cruz en un tiempo récord, conscientes de que no estaban realizando un encargo cualquiera.
El Papa estará al lado de algo que han hecho nuestras manos”, reconocen todavía con asombro.
La historia de esta pareja —él colombiano, ella madrileña, padres de dos hijos— está profundamente marcada por la fe. Tras regresar a España después de varios años en Colombia, su vida espiritual dio un vuelco. Alba recibió los sacramentos de la iniciación cristiana en la Vigilia Pascual de hace dos años en la catedral de Getafe, un proceso que ella misma describe como “maravilloso”. Ahora, ambos se preparan también para contraer matrimonio, acompañados por las Agustinas de la Conversión, con quienes mantienen una especial relación de amistad y guía espiritual.
Para Carlos, lo sucedido tiene una lectura claramente providencial: Dios les ha dado unos dones y ahora esos dones son puestos al servicio de la Iglesia. No se trata simplemente de un trabajo artístico, sino de una misión. La comisión organizadora les pidió que todo el conjunto expresara el lema de la visita: “Alzad la mirada”. Y esa llamada, explican, debía hacerse visible a través de la cruz.
El resultado es una pieza sobria y bella, realizada con madera africana danta o kotibé, elegida por su densidad, nobleza y por el modo en que su veta natural dialoga con los tonos de la cruz. La peana pesa 30 kilos y el conjunto completo, con mástil y cruz, alcanza los 50. Con la cruz incorporada, la obra llega a los 2,20 metros de altura. Todo está ensamblado principalmente en madera, salvo dos tornillos necesarios para sujetar la cruz.
El trabajo de orfebrería añade un especial valor artesanal. El logotipo y el lema han sido realizados en latón de forma manual, pieza a pieza, siguiendo técnicas tradicionales. Las letras fueron caladas, pulidas y esmaltadas al horno para garantizar su durabilidad. También la placa situada en la base ha sido grabada y pulida a mano. En total, el proyecto ha requerido cerca de 340 horas de trabajo.
La cruz, por su parte, ha sido realizada por Samuel González de Mingo, iconógrafo del Taller Iconográfico San Lucas. Su propuesta representa a Cristo resucitado sobre la cruz, saliendo de la muerte. No aparece un Cristo derrotado, sino victorioso, revestido de blanco, con la fuerza fulgurante de la Resurrección. A los pies están la Virgen María y san Juan. María aparece inspirada en la Almudena, patrona de Madrid, sosteniendo en sus manos la barca de la Iglesia: una imagen profundamente eclesial y maternal.
La iconografía está llena de significado teológico. Las letras griegas, los colores, la presencia de la mano del Padre y la paloma del Espíritu Santo, la perspectiva inversa y la luz del icono no buscan emocionar superficialmente, sino conducir al misterio.
Como explica Samuel, el icono no es un adorno: es “teología hecha imágenes”. Es una forma de predicación silenciosa, una invitación a pasar de lo visible a lo invisible.
El propio proceso de elaboración ha sido vivido en clave espiritual. En la tradición iconográfica, las tablas se preparan en oración y ayuno. Samuel cuenta que ha rezado por los jóvenes que estarán ante esta cruz, pidiendo que a través de ella puedan encontrarse con Jesucristo. No es un detalle menor: la obra nace con una intención evangelizadora.
La Cruz Peregrina se convierte así en mucho más que un objeto litúrgico o una pieza artística. Es una llamada. Una llamada a levantar la mirada, a no quedarse atrapados en el ruido, la prisa o la superficie. Una llamada a mirar a Cristo, que no permanece encerrado en la muerte, sino que resucita y sale al encuentro del hombre.
Para los jóvenes que participen en la Vigilia, esta cruz será un signo visible de una verdad central de la fe cristiana: que la belleza puede abrir el corazón, que la cruz no es derrota sino victoria, y que Cristo sigue pasando por la vida de cada generación. Como resume Samuel, el lema de la visita conduce al fondo de todo: “La única verdad es Cristo, y la única posibilidad de ser feliz es estar con Cristo”.









