«Dilexi Te»: ¿una exhortación de transición o una presentación de un nuevo papa?

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Dilexi Te (Te he amado). Sobre el amor hacia los pobres, es el título de la primera Exhortación apostólica del papa León XIV, firmada el 4 de octubre de 2025​ y presentada públicamente el 9 de octubre. La fecha no fue casual, pues ese día 4 es la fiesta de san Francisco de Asís, “il Poverello”. Un texto muy relevante para saber si estamos ante una Exhortación de transición, comenzada por un papa, Francisco, y acabada por otro, León XIV; o para saber si en el documento se anuncia alguna de las líneas maestras del nuevo pontificado. Seguramente de la lectura hayan concluido, como yo, que algo de ambas cosas hay en el texto.

Hace ya seis meses de su publicación. Y en pocos días se anuncia ya la primera Encíclica de León XIV: “Magnifica humanitas”, que será publicada el 25 de mayo. Y dirán, ¿qué hace éste ahora comentando este documento? Pues que creo que debemos acabar con esa funesta manía de que según se publica un documento papal surjan por todas partes expertos y analistas para dar su opinión e inmediatamente pasen los documentos comentados al olvidos de todos, medios de comunicación incluidos. No es así como deben hacerse las cosas.

Un documento papal debe ser leído, meditado, reflexionado, comentado con amigos. Seguramente releído unas cuantas veces más, para sólo entonces poder reseñarlo de un modo u otro, con su mensaje entendido y con su proyección para el futuro asumida. Los documentos papales deben enseñarnos y aportarnos energía e ideas para desarrollarlas en la vida cotidiana del católico. Y eso necesita un tiempo para aposentarse.

Dejemos las prisas, la lectura acelerada, la indigestión lectora y el aceleramiento del reseñador, para pasar a trabajar con pausa, detenimiento y meditación.

Respecto a si es un documento de transición, el papa León XIV deja claro que:» Habiendo recibido como herencia este proyecto, me alegra hacerlo mío —añadiendo algunas reflexiones— y proponerlo al comienzo de mi pontificado». Está claro entonces que no es transición sino agenda propia. Más aún cuando insiste luego en que lo hace: «compartiendo el deseo de mi amado predecesor de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres. De hecho, también yo considero necesario insistir sobre este camino de santificación, porque en el «llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse»», escribe el papa León XIV (DT 3), remitiéndose además a la Exhortación apostólica del papa Francisco, Gaudete et exsultate, de 2018. Continúa por tanto la línea social de Francisco y de la Doctrina Social de la Iglesia.

La apuesta por la continuidad con Francisco o con Juan Pablo II es clara cuando defiende: “la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito” (DT 7).

De hecho, ya Juan Pablo II aseguraba que la opción preferencial por los pobres es  una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, arraigada en el Evangelio. Y siguiendo esa idea, Leon XIV defiende que Dios nos exige “a nosotros, su Iglesia, una opción firme y radical en favor de los más débiles” (DT 16), del mismo modo que señala la importancia de ser “una Iglesia para los pobres”.

Y esto lo hace dejando claro que “no estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación” o que “en los pobres, Él sigue teniendo algo que decirnos”. (DT 5). La opción por los pobres es así el pilar central de Dilexi te.

Y no podemos eludir que el papa nos dice que “los más pobres no son meros objetos de compasión, sino maestros del Evangelio. No se trata de “llevarlos a Dios”, sino de encontrarlo entre ellos” (DT 79). En ellos, en los pobres y desfavorecidos de nuestra sociedad, está el Evangelio y su paso de las palabras a la realidad social. Y “por lo tanto, cuando la Iglesia se inclina hasta el suelo para cuidar de los pobres, asume su postura más elevada.” (DT 79). Por eso afirma, “justamente los pobres son quienes nos evangelizan” (DT 109). Así que “el cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social: estos son una ‘cuestión familiar’. Son ‘de los nuestros’. Nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia” (DT 104). Está claro que no nos deja espacio para la duda respecto a lo que hemos de asumir y conforme a lo cual hemos de actuar en nuestra visa social, laboral, política o económica. No estamos ante consejos o sugerencias, sino ante una exigencia.

El documento centra su mensaje en el amor cristiano hacia los pobres como núcleo del Evangelio y afirma que no se puede separar la fe en Cristo del servicio concreto a quienes sufren. Consecuencia de lo anterior es la denuncia de una economía que excluye, genera desigualdad y beneficia a élites aisladas del dolor y el sufrimiento social.

Hay un aspecto muy interesante y es cómo presenta la idea de que la pobreza presenta varios rostros, lo que normalmente no solemos percibir: material, social, cultural, espiritual y falta de derechos. “Deberíamos hablar quizás más correctamente de los numerosos rostros de los pobres y de la pobreza, porque se trata de un fenómeno variado; en efecto, existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad” (DT 9),  pues “a las viejas pobrezas de las que hemos tomado conciencia y que se intenta contrastar, se agregan otras nuevas, en ocasiones más sutiles y peligrosas” (DT 10)

Reclama una transformación cultural que ponga la dignidad humana por encima del dinero. Por eso, la mayor parte del texto es un estímulo, una búsqueda de la motivación para que pasemos del ideal a los hechos.

El amor que se ha de vivir a los pobres ha de hacerse de un modo práctico, más allá de las palabras, porque no deriva de las buenas ideas o las reflexiones sobre la dignidad del Pobre, sino que emanan de la misma Revelación y de la figura de Cristo. Jesús es la revelación de este privilegium pauperum. Se presenta al mundo no solo como Mesías pobre, sino también como Mesías de los pobres y para los pobres. De hecho, Dios muestra predilección por los pobres y hemos de actuar conforme esa preferencia que compartimos, como lo han hecho santos, legiones de cristianos, o han enseñado papas, obispos y por supuesto, el Concilio Vaticano II, que marcó un hito al replantear la misión de la Iglesia, enfocándose pastoral y teológicamente en los pobres.

Invita a la Iglesia a acompañar a inmigrantes, enfermos, marginados y víctimas de violencia, todos los que sufren las diversas formas de la pobreza, desde la idea clara de que “Dios opta por los pobres” (Capítulo segundo), y lo hace ya desde el Antiguo Testamento, aunque “encuentra en Jesús de Nazaret su manifestación, su plena realización”. Por eso, san Pablo puede afirmar: “Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” ( 2 Co 8,9) (DT 18). Y Jesús actuó de ese modo, lo que la Exhortación muestra, con tres miradas; Jesús pobre; sus gestos hacia los pobres; su enseñanza en relación con los pobres. Todo ello, como eje central de todo su mensaje.

El documento papal recuerda además cómo el compromiso con los pobres forma parte del caminar de la Iglesia durante toda su existencia. Ya lo exponen los Padres de la Iglesia, o formaba parte del trabajo diario de los monasterios el cuidado de los pobres. En siglos más recientes, esa predilección por los pobres se manifestó en ámbitos como el de la educación o el del cuidado de los enfermos, los ancianos, los abandonados por todos.

También en la atención de los que se veían obligados a emigrar, dejar sus hogares y países y encaminarse a nuevas tierras para mejorar la calidad de su vida y romper con la miseria.

Pero no es el pasado lo que debe ser objeto de nuestra atención, sino el presente, pues estamos ante una historia que continua, y el siglo XX, con sus grandes cambios y transformaciones de todo tipo, ha sido el siglo de la Doctrina Social de la Iglesia. Y así, “El Magisterio de los últimos ciento cincuenta años ofrece una auténtica fuente de enseñanzas referidas a los pobres. De ese modo, los Obispos de Roma se han hecho voz de nuevas conciencias, tomadas en consideración para el discernimiento eclesial. Por ejemplo, en la carta encíclica Rerum novarum (1891), León XIII afrontó la cuestión del trabajo, poniendo al descubierto la situación intolerable de muchos obreros de la industria, proponiendo la instauración de un orden social justo. Otros pontífices también se han expresado en esta misma línea. Con la encíclica Mater et Magistra (1961) san Juan XXIII se hizo promotor de una justicia de dimensiones mundiales: los países ricos no podían permanecer indiferentes ante los países oprimidos por el hambre y la miseria, sino que estaban llamados a socorrerlos generosamente con todos sus recursos.” (DT 83).

Posteriormente, “El Concilio Vaticano II representa una etapa fundamental en el discernimiento eclesial en relación a los pobres, a la luz de la Revelación” y “san Juan XXIII centró la atención sobre el mismo con palabras inolvidables: «La Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres».(DT 84). Pablo VI, Juan Pablo II continúan este camino., Así, con el segundo “se consolida, al menos en el ámbito doctrinal, la relación preferencial de la Iglesia con los pobres. Su magisterio ha reconocido, en efecto, que la opción por los pobres es una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia»(DT 87) Y Benedicto XVI sigue una misma línea, con una lectura que “se hace más marcadamente política. Así, en la carta encíclica Caritas in veritate afirma que «se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales».” (DT 88). El papa León XIV reconoce que “El Papa Francisco ha reconocido cómo, además del magisterio de los Obispos de Roma, en los últimos decenios se han hecho cada vez más frecuentes los posicionamientos adoptados por las Conferencias episcopales nacionales y regionales al respecto.

Es muy importante cómo destaca la Exhortación dos aspectos, el de las estructuras de pecado que causan pobreza y desigualdades extremas, y el de los pobres como sujetos. La Exhortación  papal denuncia que la pobreza y la desigualdad extrema no son accidentes, sino “estructuras de pecado” sostenidas por sistemas económicos y sociales injustos.

Critica la falsa meritocracia y la idea de que los pobres son responsables de su propia situación, porque ignoran las causas estructurales de la exclusión. Y afirma que los pobres no deben ser vistos solo como destinatarios de ayuda, sino como sujetos activos con dignidad, voz y capacidad de transformar la sociedad y la Iglesia. Por eso, el texto pide una conversión cultural y espiritual que coloque la justicia, la solidaridad y el bien común por encima de la acumulación de riqueza.

Por tanto,  y en resumen, estamos ante un desafío permanente, ineludible para la Iglesia de hoy. En Dilexi te, León XIV recuerda que la fe cristiana no puede separarse de la justicia social ni del compromiso con quienes sufren exclusión y pobreza.

El documento llama a construir una Iglesia más cercana, solidaria y comprometida con el bien común. En definitiva, Dilexi te es una invitación a vivir el amor cristiano desde la fraternidad, la justicia y la opción concreta por los más vulnerables.

Un documento, en el que algunos pensaron más en si estaba escrito por un papa, Francisco, o por el siguiente, León, que en su contenido, pero que resulta de actualidad permanente para todos los cristianos y para toda la Iglesia. Merece que lo tengan a mano para lecturas y relecturas que orienten nuestro camino.

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