Las tropas güelfas de León XIV

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Hay visitas que se miden por el número de acuerdos firmados, por las fotografías oficiales o por los titulares que dejan tras de sí. Y hay otras que se miden por algo mucho más difícil de cuantificar: la impresión de que, durante unos días, la historia ha pasado ante nuestros ojos.

La visita de León XIV a Madrid pertenece a esta segunda categoría.

Hacía quince años que un Papa no pisaba España. Durante todo su pontificado, Francisco rechazó sistemáticamente las invitaciones para venir, incluso en circunstancias que parecían especialmente propicias, como la conmemoración de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Nunca se ofreció una explicación plenamente convincente de aquella negativa persistente.

Por eso, la llegada de León XIV poseía ya de entrada un carácter excepcional. Pero la magnitud alcanzada por el acontecimiento ha superado cualquier previsión razonable.

Las cifras hablan por sí solas. Más de un millón de personas en la celebración del Corpus en Cibeles. Medio millón de jóvenes en la vigilia. Setenta mil asistentes en el encuentro de las tres diócesis madrileñas celebrado en el Bernabéu. Decenas de miles de personas siguiendo el recorrido del papamóvil por las calles de la capital.

Ningún líder político mundial reúne hoy semejante capacidad de convocatoria. Ninguna celebridad musical consigue movilizar durante varios días a una multitud de esa magnitud en torno a un mensaje moral, cultural y espiritual.

Pero lo verdaderamente extraordinario no fueron las cifras.

Lo decisivo fue el Congreso.

La intervención de León XIV en la Cámara Baja constituye probablemente uno de los acontecimientos políticos más relevantes de la España de este siglo —si se quiere ser moderado— y uno de los mejores discursos pronunciados jamás en sede parlamentaria. No solo por la ovación recibida, más de siete minutos de aplausos ininterrumpidos que habrían continuado de no haber sido el propio Papa quien les puso fin con su discreta retirada, sino porque rompió todos los esquemas previstos.

El Gobierno intentó presentar la visita como la de un jefe de Estado extranjero. Formalmente lo era. Sustancialmente, no.

Bastó escuchar sus primeras palabras para comprenderlo:

«Vengo ante todos ustedes como obispo de Roma y pastor de la Iglesia católica».

No había equívoco posible.

Quien hablaba no era el soberano de un pequeño Estado enclavado en Roma. Quien hablaba era el Papa.

Y habló como Papa.

Un jefe de Estado extranjero no suele pronunciarse sobre la situación interna de otro país. No suele ofrecer criterios morales. No suele advertir sobre riesgos culturales y políticos. No suele señalar caminos de reconstrucción social. No suele manifestar discrepancias profundas con determinadas tendencias dominantes.

León XIV hizo todo eso.

Y lo hizo, además, con una claridad inhabitual.

Acostumbrados al lenguaje empobrecido de la política contemporánea, donde la descalificación sustituye a la argumentación y abundan las frases diseñadas para no decir nada, la intervención papal produjo el efecto de una descarga eléctrica. Tanto fue así que, al término de la sesión, nadie parecía dispuesto a discrepar. Todos encontraban en aquellas palabras algo que podían reivindicar como propio, aunque todos —empezando por el propio Gobierno— habían recibido una profunda sacudida moral.

Un periódico escribió con acierto que el Papa había derribado la Torre de Babel en que se ha convertido el Congreso de los Diputados.

La metáfora resulta difícilmente mejorable.

Porque el problema de la política española no es solo la confrontación. Es la creciente incapacidad para compartir un lenguaje común sobre aquello que merece ser defendido. La dignidad humana, la familia, la libertad, la verdad, la responsabilidad, la justicia o el bien común han dejado de constituir referencias compartidas para convertirse en conceptos disputados o, directamente, sospechosos.

León XIV devolvió esas palabras al centro del debate.

Ahora bien, nadie debería engañarse. Derribar una torre es más fácil que construir una ciudad.

Y la pregunta decisiva comienza precisamente ahora.

¿Qué quedará de esta visita cuando desaparezcan los focos?

¿Qué fermento dejarán sus palabras?

¿Qué capacidad tendrán sus discursos para generar iniciativas, instituciones, movimientos y liderazgos?

La expectación suscitada por León XIV revela algo que va mucho más allá del entusiasmo religioso. Revela una necesidad profunda de orientación moral en sociedades que han perdido gran parte de sus referencias.

Muchos católicos, especialmente los laicos, viven hoy una doble experiencia. Por una parte, la inquietud provocada por una época marcada por la incertidumbre, la fragmentación social y la crisis moral. Por otra, la creciente convicción de que la doctrina social de la Iglesia, el humanismo cristiano y la tradición cultural católica contienen respuestas que el mundo contemporáneo necesita escuchar con urgencia.

No respuestas cerradas.

No programas políticos prefabricados.

Pero sí fundamentos, horizontes de sentido y criterios para la acción.

Porque la fuerza actual del catolicismo no reside en su poder institucional. Reside en la potencia intelectual de su visión del hombre. En su extraordinaria tradición cultural. En la coherencia de muchos de sus testimonios personales. En la autoridad moral que todavía conserva allí donde otros liderazgos se han agotado.

El veterano observador vaticano Enric Juliana ha sugerido repetidamente que León XIV ha llegado con una misión singular: evitar que España termine de estropearse.

La formulación puede parecer provocadora, pero apunta a una intuición interesante.

Juliana ha recordado también cómo, sobre las ruinas materiales y morales de la Segunda Guerra Mundial, surgió la gran corriente democristiana europea. Aquella tradición no nació como un partido religioso. Nació como una propuesta ética, cultural y política inspirada en una determinada concepción de la persona humana.

Por eso resulta sugerente la pregunta que sobrevuela esta visita.

¿Estamos asistiendo al comienzo de algo parecido?

¿Puede surgir una nueva corriente de inspiración cristiana capaz de ofrecer respuestas a los desafíos del siglo XXI?

Las bases intelectuales existen. Magnifica Humanitas las ha formulado con notable amplitud. Los discursos madrileños las han concretado con una claridad sorprendente. Y el pronunciado en el Congreso constituye, probablemente, su expresión política más acabada hasta la fecha.

Algunos hablan ya de una nueva ola democristiana.

Otros evocan la figura del «Papa güelfo».

No en sentido literal, naturalmente.

Pero la alegoría resulta sugerente.

Los güelfos representaron durante siglos la convicción de que la autoridad espiritual debía iluminar el orden temporal. Fueron protagonistas de uno de los grandes debates de la civilización europea sobre el poder, la legitimidad y el sentido de la comunidad política.

Dante perteneció a aquella tradición.

Y quizá por eso la referencia conserva todavía cierta fuerza simbólica.

León XIV ha formulado una idea que resume buena parte de su proyecto: «Debemos abandonar una fe encerrada en la esfera privada para convertirnos en constructores de un mundo nuevo».

La frase contiene un programa entero. Pero también una advertencia.

Porque ningún Papa, por brillante que sea, puede cambiar por sí solo una sociedad. Para que la esperanza se convierta en historia hacen falta hombres y mujeres dispuestos a traducir las ideas en obras, las convicciones en instituciones y las palabras en acción.

Hace falta algo más que un gran pontífice. Hacen falta tropas güelfas.

Y esa es, probablemente, la gran cuestión que la visita de León XIV deja abierta ante España, ante Europa y ante los propios católicos.

La democracia cristiana no mira al pasado con nostalgia; mira al futuro con esperanza. #DemocraciaCristiana Compartir en X

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