León XIV proclama ante el Congreso el derecho a la vida como derecho fundamental

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No habían transcurrido apenas unas horas desde el extraordinario discurso pronunciado por León XIV ante una representación conjunta del Congreso de los Diputados, el Senado y las principales instituciones del Estado, cuando cada partido y sus respectivos comentaristas ya se afanaban, una vez más, en arrimar el ascua a su sardina.

¡Qué lejos queda la elevada concepción intelectual y moral de León XIV de la de nuestros gobernantes y dirigentes políticos! Su discurso, auténtico programa de regeneración y reparación moral, se sitúa muy por encima de la estrechez de miras que tantos exhiben sin el menor temor al ridículo.

Se han producido incluso episodios tan insólitos como la entrega, por parte de la portavoz de Sumar durante la breve recepción previa a la intervención papal, de una carta elaborada por el Sindicato de Inquilinos sobre el problema de la vivienda y el papel de la Iglesia. Como si la responsabilidad principal de resolver esa cuestión correspondiera a la institución eclesial y no, precisamente, a quienes gobiernan. ¡Más aún cuando la crisis de la vivienda ha alcanzado su actual magnitud bajo una coalición gubernamental de la que Sumar forma parte desde hace ocho años! Y que, lejos de aportar soluciones eficaces, ha impulsado medidas que han contribuido a reducir todavía más la oferta disponible.

Dicho en términos que probablemente considerarán ofensivos, aunque respondan a la fría realidad de los datos: los gobiernos de Franco construían vivienda con mucha mayor eficacia. Tal es el grado de incompetencia alcanzado hoy.

La coalición gubernamental se ha empeñado en presentar el discurso papal como una confirmación de que ocupa el «lado correcto de la historia», que es el suyo, argumentando que sus palabras descalifican a VOX y, por extensión, al Partido Popular. En parte, y en lo que respecta a VOX, existe fundamento para esa interpretación. El partido de Santiago Abascal ha respondido afirmando que una cosa es la doctrina pontificia y otra la realidad política, reconocimiento implícito de que ha quedado, en buena medida, fuera de juego respecto al planteamiento del Papa.

Sin embargo, lo más llamativo ha sido la forma en que la coalición autodenominada progresista ha intentado minimizar la rotunda defensa de la vida humana formulada por León XIV. Su argumento resulta peregrino: el Papa habría dicho lo que dijo sobre el aborto porque «le corresponde decirlo», al ser doctrina de la Iglesia. Como si esa circunstancia restara fuerza a sus palabras en lugar de potenciarlas.

Se niegan así a reconocer que esos principios chocan frontalmente con una política que ha favorecido sistemáticamente el aborto por encima de la maternidad y la eutanasia por encima de los cuidados paliativos. Porque, al final, lo decisivo no es lo que se proclama, sino aquello que se promueve, se protege y se financia desde el poder.

Pero esta cuestión también incomoda al Partido Popular, que hace tiempo dejó de considerar la defensa de la vida como un elemento central de la acción política, relegándola a los márgenes de una supuesta y despreciada «guerra cultural». Sin embargo, aborto y eutanasia continúan ocupando un lugar central en la encíclica Magnifica Humanitas. También VOX, embarcado en su estrategia de «Prioridad Nacional», haría bien en recuperar este eje esencial en lugar de haberlo relegado a un segundo plano.

Ante parlamentarios y gobernantes, León XIV recordó unas palabras de Benedicto XVI: “Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales cambiantes ni al vaivén de las mayorías circunstanciales” (cf. BENEDICTO XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 de septiembre de 2011).

Y añadió algo fundamental: esa dignidad que se proclama desde la Revelación; la propia razón humana puede reconocerla como una exigencia inscrita en la verdad del hombre.

Siguiendo a su predecesor, afirmó además que:

«Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco» (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 de septiembre de 2021).

Y formuló una pregunta de enorme alcance:

«Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades

Es una pregunta que queda abierta sobre la política española.

Pero León XIV fue todavía más explícito:

«La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona«.

Por ello, añadió que la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad para acompañar, proteger y amar a quienes atraviesan situaciones de mayor fragilidad.

Atentar contra ese principio, como sucede con el aborto y la eutanasia, daña el bien común, que constituye, en palabras de Magnifica Humanitas (n. 59), «la forma social de la dignidad humana».

Y reservó para el final una afirmación que eleva todavía más el debate:

«Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». Desde esta perspectiva, las leyes del aborto y de la eutanasia constituyen una afrenta a esa dignidad.

León XIV concluyó invitando a los responsables públicos a «alzar la mirada«, recordando que toda decisión política afecta a personas concretas, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír.

Y los más débiles entre los débiles son precisamente los seres humanos concebidos que todavía no han nacido, así como los enfermos y ancianos que, privados de esperanza, pueden llegar a ver en la eutanasia una salida. Así ocurrió en el escandaloso caso de Noelia, la joven de 25 años cuya vida terminó mediante eutanasia sin padecer enfermedad terminal alguna y pese a que su paraplejia presentaba, según diversos informes médicos, perspectivas razonables de mejora.

Nada de esto constituye una sorpresa para quien haya leído Magnifica Humanitas. En su número 55, León XIV declara ilícitos tanto el aborto como la eutanasia e introduce además un desarrollo doctrinal particularmente relevante al vincular ambas prácticas con la vulneración del primero de todos los derechos humanos: el derecho a la vida.

Escribe la encíclica:

«Los derechos humanos son inviolables, porque son inherentes a la persona humana y a su dignidad. En consecuencia, son universales e inalienables (…) Entre estos, el primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho. Cuando este derecho fundamental es negado —como sucede con el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia—, nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas«.

Recuperar la defensa efectiva del derecho a la vida, tanto del que ha de nacer como del enfermo y del anciano vulnerable, debe volver a formar parte del núcleo de la agenda política.

Esa es una de las primeras consecuencias —aunque ni mucho menos la única— del programa moral y político que León XIV ha planteado para España, Europa e Iberoamérica.

El Papa no habló de una cuestión confesional, sino de una meta de civilización. Un mensaje incómodo para buena parte de la política española. #MagnificaHumanitas #Vida Compartir en X

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