En menos de 72h, España recibirá al Papa León XIV. Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife se preparan para acoger una visita que, por sus cifras, su dimensión pública y su despliegue organizativo, puede considerarse uno de los grandes acontecimientos religiosos y sociales del año.
Más de 550.000 personas se han inscrito en los actos previstos. El presupuesto total ronda los 25 millones de euros. Habrá autoridades, discursos, desplazamientos multitudinarios, cobertura mediática, seguridad, logística, entusiasmo popular y una inevitable lectura política, cultural y sociológica del acontecimiento.
Todo eso es cierto. Pero nada de eso es lo esencial.
El lema elegido para esta visita, “Alza la mirada”, es mucho más que levantar los ojos hacia un escenario, una pantalla gigante, al compañero de fila, al prójimo o una figura pública que llega rodeada de aplausos.
Ojalá la visita del Papa no signifique dejarse arrastrar por la emoción colectiva ni caer en una especie de fascinación ambiental ante el “evento”. Ojalá que todos sepamos mirar más alto y más allá del ruido podamos descubrir el misterio.
No quiero quedarme en el Papa como personaje, deseo reavivar en él el ministerio de Pedro. Confío en ser capaz de no distraerme entre la multitud, ni buscar sólo la fotografía histórica, sino abrirme a Cristo, que sigue guiando a su Iglesia en medio de la historia.
El Papa viene como sucesor de Pedro. El Papa no viene a España como una celebridad religiosa o como un líder moral.
Me persigue últimamente la sensación de que lo masivo parece verdadero por el simple hecho de ser masivo. A veces, lo viral parece importante por el simple hecho de ser viral.
He caído en la cuenta de que en este contexto, incluso una visita papal corre el riesgo de ser interpretada con las categorías del entretenimiento: cuánta gente va, cuánto cuesta, quién asiste, qué imagen deja, qué retorno económico produce, qué tensión logística genera.
La coincidencia mediática con fenómenos de masas como Bad Bunny puede servir como ejemplo elocuente. Un artista llena estadios, moviliza masas, crea pertenencia emocional, genera consumo, identidad estética y experiencia colectiva. Con ello miles de personas acuden, cantan, gritan, se emocionan, se reconocen en un lenguaje común.
Soy consciente de que sociológicamente, hay ahí algo muy potente y muy humano, la necesidad de pertenecer, de celebrar, de sentirse parte de algo más grande que uno mismo. Pero la Iglesia no puede confundirse con eso.
La visita del Papa no es el concierto católico del año. Ni es una marca personal que busca llenar plazas. Tampoco es una demostración de fuerza numérica frente a una sociedad secularizada.
Me da vértigo que la visita del Papa sea un acto de masas para que los católicos se sientan momentáneamente mayoría. Pues si cayéramos en esa tentación, habríamos rebajado el acontecimiento hasta hacerlo irreconocible.
La Iglesia no convoca para producir euforia, sino para conducir a la verdad y para introducirnos en la comunión con Cristo. No miremos al Papa como se mira a una estrella, miremoslo como se escucha a un padre.
León XIV, sucesor de Pedro, es principio visible y fundamento perpetuo de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles. Esta verdad, sitúa al Papa en su verdadero lugar, servidor de la comunión, custodio de la fe, garante visible de la unidad eclesial.
Por eso, alzar la mirada ante la llegada de León XIV exige purificar nuestra manera de mirar. Vamos a encontrarnos con Pedro.
No entremos a evaluar únicamente su cercanía, su estilo pastoral, su tono, su capacidad comunicativa o su ubicación en las categorías pobres de “tradicional” o “moderno”. Vamos a acoger a aquel que tiene la misión de confirmar a sus hermanos en la fe.
Resulta significativo que, según la encuesta realizada a miles de inscritos, más de la mitad reconozca conocer poco de la vida y del magisterio de León XIV. Hay cariño al Papa, hay afecto, hay deseo de encuentro. Pero también veo una tarea pendiente (esto me aplica a mi la primera) pasar del entusiasmo a la comprensión y de la emoción al discipulado.
Amar al Papa significa escuchar su enseñanza dentro de la gran tradición viva de la Iglesia.
El, no ocupa el centro, el señala el centro y ese centro es Jesucristo.
El fruto verdadero de esta visita vendrá si nos devuelve a lo esencial. Es decir, a la Eucaristía, la conversión, la familia, la vida, la verdad, la caridad, la misión.
No deja de ser providencial que entre los temas que más interesan a los inscritos aparezcan en la encuesta “jóvenes y futuro” y “familia y vida”. Ahí se juega buena parte del alma de España.
El Papa viene para llamarnos a la unidad y reunirnos en Cristo.
¿Miraremos al hombre, al acontecimiento, a la multitud, al espectáculo… o sabremos alzar la mirada hasta Cristo?









