Hemos fracasado

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Retomo las palabras de Gabriel Rufián, que se dirigía al conjunto de la izquierda frente a una inminente derrota ante la derecha en las próximas elecciones, pues quiero aquí hacerme eco de este mensaje. No porque esté de acuerdo con sus motivos, sino porque coincido en el diagnóstico. Y no me refiero al fracaso político de la izquierda o a la aparente victoria de la derecha.

Me refiero a todos nosotros, como sociedad, y a los católicos en particular. Hemos fracasado.

Muchos tenemos la tentación de pensar que, tras este gobierno horrendo, ahora “toca” un periodo de vacas gordas, en el que los valores de la sociedad vuelvan a su ser.

Siento mucho ser quien ponga sobre la mesa la cruda realidad, pero vivimos en una sociedad destruida y no podemos culpar a los demás. No ha sido el Partido Socialista el culpable. Hemos sido nosotros.

Los católicos de hoy, como conjunto, e incluyo a la propia Iglesia, hemos cometido uno de los peores pecados que un cristiano puede cometer. Como diría el diablo por boca de Al Pacino en “Pactar con el diablo”: la vanidad es mi pecado favorito.

Hemos entrado en dialéctica con el enemigo, que es Satanás, y nos hemos creído que podíamos ser más listos que él.

Hemos vendido durante mucho tiempo a nuestros jóvenes la paganísima idea de que el católico puede comulgar a la vez con la fe y con su propio tiempo.

Hemos querido reducir el Evangelio y la tradición de los santos a una cosa monstruosa, a un cocktail imposible y venenoso. Dos vasos de virtud y uno de pecado. Católico sí, pero también liberal. Jesucristo sí, pero “con cabeza”.

Y así nos encontramos con que los católicos estamos peleando la guerra de la retórica, sin ser conscientes de que nuestro oponente es quien inventó la retórica.

“[…]Y sencillos como palomas”

Hemos olvidado por completo cuál es nuestra misión en este mundo, que no es otra que morir. Repito: morir, y morir por el enemigo. Somos como aquel sacerdote que pasa de largo frente al samaritano.

Nos regodeamos en nuestros discursos moralistas, reafirmando nuestra soberanía ética frente a la barbarie que nos rodea, señalando a los demás con farisaica hipocresía, culpando de nuestros males a Pedro Sánchez, o a quien quiera usted poner en su lugar, evitando hacer lo que realmente debemos hacer. Y esto lo hemos hecho a todos los niveles. Ofrecemos soluciones sentimentalistas a los jóvenes, pero sin entrar en algunos temas “complicados”, con el dios Dinero como paradigma de esta premisa.

“Jesús fijó en él su mirada y lo amó. Y le dijo: —Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme. Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.”

Buscamos un ambiente favorecedor que reduzca el sufrimiento de tener que vivir de acuerdo con la enorme carga del Evangelio. Es decir: no hemos entendido el Evangelio, ni nos lo hemos creído. ¿Alguno de ustedes, queridos lectores, ha escuchado a algún católico que se haya planteado la situación de nuestra sociedad con el gozo y la esperanza con los que nuestros antepasados esperaban el martirio en el circo? ¿Alguno de nosotros vive agradecido porque podemos ser memoria de la pasión amorosa de Cristo en esta generación? O, al menos, ¿alguno vive preparándose para dar la vida? Quizás no queramos verlo.

Quizás no queramos aceptar que esta generación nos reclama nuestra vida.

Nuestro orgullo, destrozado para que se vea la humildad de Cristo, nuestra razón para hacer honor al Cordero, que cubrió su razón de espinas por nosotros. Nuestro dinero, para que se vea la pobreza de nuestro corazón y la riqueza del Padre. Nuestras reservas, para que podamos cumplir el primer mandamiento.

Si todavía piensa usted que el político X es el demonio, me temo que ha caído usted en la trampa. Si todavía vive pensando que es usted bueno y que los otros son los malos, ha caído usted en la trampa.

Nuestra responsabilidad principal para con nuestros hijos no está en el ámbito político, para que no tengan que sufrir a unos gobernantes miserables; no está en el ámbito social, para que sean buenas personas; no está en el ámbito académico, para que reciban una buena educación. Nuestra responsabilidad principal es la transmisión de la fe. Y esta transmisión únicamente se puede realizar con hechos, y nunca solo con palabras, nunca con la dialéctica, nunca con sentimientos efímeros. Porque solo desde esta responsabilidad principal pueden surgir las accesorias.

Si somos incapaces de entrar en el misterio del sufrimiento por amor a Cristo, deberíamos hacerlo, al menos, por amor a nuestros hijos, para que no vivan en una contradicción constante que destruya la poca fe que tengan. Porque no podemos predicarles al mismo tiempo la Cruz y una vida cómoda.

Tan cómoda como soltar cuatro improperios a la televisión cada vez que salen los malos. Los malos somos nosotros, pero hemos sido redimidos. No podemos seguir transmitiéndoles que ser católico es ir a misa y defender tus ideales y tus principios frente a las ideologías woke. El cristianismo nunca ha sido un ideal, nunca ha sido una cuestión de principios. El cristianismo es una experiencia.

”Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.”

Un cristiano que no predica, con su vida, el amor al enemigo no ha entendido nada.

Quizás debamos volver a plantearnos si defendemos la verdad, que es Cristo, o si defendemos nuestros intereses cínicos y perversos.

Porque, insisto, es una ilusión diabólica pensar que no tenemos parte en la destrucción moral y social de nuestro tiempo. Vivimos en un país donde se ha asesinado de manera legal a una joven con depresión porque no tenía ganas de vivir. Donde se utilizan las tragedias de los demás para el discurso político, pero no solo por los políticos. Ningún católico que se precie habría participado jamás de toda la parafernalia montada alrededor de Maricarmen Abascal, ni en un sentido ni en otro, exponiendo la vida y pecados de una señora que ya ha fallecido.

No nos equivoquemos. Estamos llamados a ser como el cordero llevado al matadero, y eso implica, hoy, llevar la contraria al mundo, en todas sus versiones, no en las que nos “convienen”.

 

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