Sobre la salvación y el mundo moderno

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La idea de salvación tiene unas profundas raíces religiosas. El hombre experimenta su fragilidad y busca desde lo más hondo de sí mismo una ayuda completa, que solo puede venir de un Ser supremo que esté más allá de los límites del mundo material.

Esas raíces religiosas han quedado desdibujadas, o incluso olvidadas, en diversos pensadores de lo que llamamos mundo moderno. Entre ellos, unos negaron que hubiera pecado y, por lo tanto, necesidad de un perdón divino. Otros, conscientes de los inmensos males de nuestro mundo, buscaron una “salvación” mundana, y consideraron ilusorio cualquier recurso a un Dios fuera de nuestro universo.

No han faltado autores pesimistas, para los cuales los males serían ineliminables y llevarían al absurdo, a la desesperación o incluso al desprecio suicida hacia una vida que, según ellos, sería una suma continua de dolores y de fracasos, mientras niegan cualquier ayuda posible de un Dios “externo” e indiferente, o simplemente no existente.

Las ideas de esos pensadores han plasmado aspectos importantes del mundo que conocemos. Los más optimistas han buscado una “salvación” del hombre a través de la tecnología, o de la producción de bienes de consumo, o del aumento de libertades en todos los ámbitos, o de sistemas sociales de tipo estatalista que prometían el paraíso en la tierra.

La experiencia de los dos últimos siglos nos muestra cómo esos proyectos optimistas han sido insuficientes, incompletos, incapaces de abarcar a millones de seres humanos. En ciertas formas del liberalismo y del capitalismo, frente a la aparente felicidad de una minoría de ricos, una multitud de pobres y de descontentos mostraba el fracaso del sistema.

En la parte opuesta, proyectos concretos de “socialismo real”, en sus diferentes versiones (marxismo-leninismo y maoísmo, por ejemplo), llevaron a construir Estados que se convirtieron casi en cárceles para millones de seres humanos, y provocaron hambres y desajustes con altísimas tasas de mortalidad.

Junto a las propuestas de tipo político y económico, el mundo moderno ha desarrollado técnicas y terapias psicológicas que buscaron (y buscan) devolver la felicidad y el equilibrio a quienes experimentan miedo, angustia ante fracasos y frustraciones, ansiedad y sentido de culpa, sobre todo cuando se autoacusan de acciones que pesan sobre sus conciencias.

La lista de propuestas modernas que buscan una salvación únicamente del hombre a través del hombre podría alargarse. Hay un elemento común en todas ellas: no se reconoce la existencia de un Salvador fuera de este mundo. Incluso la figura de Cristo, para algunos de esos autores un gran personaje, no tendría un valor de Redención ni serviría para curar males profundos (pecados) entre los seres humanos.

Los diversos fracasos de la modernidad, reconocidos por autores como, por ejemplo, Rémi Brague, podrían llevarnos a considerar, nuevamente, si la existencia de males, sobre todo de pecados, no podría encontrar una posible solución precisamente en un Dios que fuera omnipotente, bueno, capaz de intervenir en la historia humana.

Para el cristianismo, ese Dios existe, es Uno y Trino, y ha entrado en el mundo en el momento culminante de la Encarnación del Hijo en el seno de la Virgen María. Solo en Cristo, Dios y Hombre, habría una verdadera esperanza de salvación. Solo en Cristo, muerto y resucitado, el horizonte de la existencia humana estaría abierto a un destino en el que el mal quedará definitivamente derrotado y en el que las mejores aspiraciones humanas encontrarán su cumplimiento.

La modernidad prometió salvar al hombre con tecnología, consumo e ideologías. Dos siglos después, seguimos rodeados de ansiedad, vacío y desesperanza. Compartir en X

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