No hace tanto todo el mundo se sabía de memoria los teléfonos de sus amigos, el de sus abuelos, el de casa y el amor hacía que memorizáramos incluso el de aquella persona a la que jamás nos atreveríamos a llamar.
Había números grabados en la cabeza, fechas de cumpleaños, direcciones y recorridos y no era necesaria la notificación. Las calles y carreteras se recorrían sin que una voz perfecta desde el salpicadero nos ordenara girar a la derecha dentro de doscientos metros.
No éramos más inteligentes, yo creo que no. Pero teníamos algo muy importante, hacíamos determinados esfuerzos porque no existía otro remedio.
Algunos de aquellos esfuerzos no eran tiempo perdido. Sino más bien entrenamiento.
La inteligencia artificial ha llegado para ahorrarnos trabajo, y sería absurdo negar sus ventajas. Puede ordenar datos, resumir documentos, ayudarnos a traducir un texto, localizar información, corregir errores, sugerir enfoques y convertir en minutos labores que antes ocupaban una tarde entera. Pero por otro lado, el problema es evidente, comienza a sustituirnos en el pensamiento.
Primero dejamos de memorizar teléfonos porque estaba la agenda del móvil. Después dejamos de orientarnos porque llegó el GPS. Luego dejamos de recordar datos porque estaba Google. Ahora corremos el riesgo de dejar de organizar las ideas porque la inteligencia artificial puede hacerlo por nosotros.
En definitiva, el ser humano posee una extraordinaria capacidad para convertir una ayuda en una prótesis y, poco después, la prótesis en un órgano indispensable. Y eso, seamos honestos, es lo que está pasando.
Dentro de poco habrá alguien que pregunte a ChatGPT qué debería decirle a su mujer en su aniversario. Si es que no lo hay ya. En ese momento, la máquina responderá con admirable corrección sintáctica. Y podemos reírnos porque parece absurdo y al mismo tiempo lo es, pero no tiene ninguna gracia, más bien es algo terrible.
La memoria no es un almacén donde vamos apilando datos inútiles, sino una especie de fábrica interior.
Lo que aprendemos se relaciona con lo aprendido anteriormente, crea estructuras, permite reconocer patrones y convierte la experiencia en criterio.
Memorizar que dos y dos son cuatro no consiste únicamente en almacenar un resultado. Significa adquirir una intuición sobre los números que permite comprender después que veinte más veinte son cuarenta sin necesidad de consultar nada.
Con la vida ocurre algo parecido.
La formación verdadera acaba creando una especie de instinto. No hace falta detenerse siempre a razonar por qué una frase chirría, una melodía desafina o una idea resulta sospechosamente conocida. Todos tenemos experiencia de que algo dentro de nosotros lo reconoce porque antes ha habido lecturas, escucha, estudio, atención y memoria.
A eso llamamos formación. No es acumular información, sino a dejar que lo aprendido vaya dando forma a nuestro juicio.
Todo este proceso exige tiempo, repetición, silencio, memoria e incluso una pequeña porción de aburrimiento. Si te fijas, es todo aquello que nuestra época parece empeñada en ahorrarnos.
Hemos desarrollado una curiosa alergia a cualquier actividad que no produzca un resultado inmediato. Es como si funcionáramos a contra natura. Es decir, ahora consultamos antes de recordar o preguntamos antes de pensar. ¿Cuántas veces buscamos antes de intentar reconstruir mentalmente aquello que alguna vez supimos? Y ahora, y esto es todavía más grave, empezamos incluso a redactar antes de saber qué queremos decir.
La herramienta de IA responde con tanta rapidez que puede producirse una inversión que da miedo.
Hemos entrado en una perversa dinámica en la que ya no pensamos para formular una respuesta, sino que formulamos una pregunta para que otro piense la respuesta.
El hombre ha sido creado con razón, memoria y voluntad. No son accesorios prescindibles. Forman parte de la manera en que la persona puede conocer la realidad, reconocer el bien y orientar libremente su vida.
Siempre, desde tiempos muy lejanos, se concedió importancia a la educación de las potencias humanas. Porque se sabe que memorizar, estudiar, contemplar, ejercitar la voluntad, aprender a mantener la atención…todo eso forma parte de una determinada concepción del hombre.
Para utilizar bien la inteligencia artificial hace falta tener inteligencia antes.
De lo contrario ocurre algo parecido al alumno que utiliza una calculadora sin comprender las matemáticas. Vale, si, obtiene el resultado, pero no sabe si el resultado tiene sentido. Puede aceptar que 18 × 4 son 6.284 así, tranquilamente. Porque carece de un mundo interior contra el que contrastar.
Que no se nos olvide nunca que el que no recuerda depende de quien almacena, el que no sabe orientarse depende del navegador, el que no sabe escribir depende del asistente, el que no sabe distinguir una buena respuesta de una respuesta brillante pero falsa depende completamente de la máquina que se la proporciona.
Creo que convendría obligarnos a conservar deliberadamente algunos pequeños trabajos tildados falsamente de inútiles. Sería el primer paso para no confundir comodidad con progreso humano.









