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Vivir la vida CON MAYÚSCULAS

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“Tenemos que aceptar que el mundo ha cambiado, y nosotros tenemos que cambiar con él”: Karina no-sé-qué lo afirma sin rubor en uno de esos tan instructivos como desquiciados reality-shows de la televisión mexicana, pero dignas imitaciones de los que proliferan por el resto del tablero planetario. Y lo afirma para justificar que su hija se ha hecho trans. Pues ¡vaya show! ¿Quién le explicará a esa peona del tablero latinoamericano, donde parece ser que el rey de la cultura ha sido rebatido y brilla por su ausencia, como en el resto del mundo…? ¿Quién le dirá a la bendita líder de masas que está equivocada, si esa mentalidad es lo que ha mamado desde que perdió la inocencia? ¡Para ella no existe otra cosa! Y la peona repite la consigna como un papagayo desbocado al despuntar el sol de la aurora de pleno verano.

Pues sí. Estamos repitiendo las consignas como loros. Por favor, que alguien le explique a esa descarada que si el mundo cambia es porque nosotros previamente cambiamos, y al cambiar nosotros, cambia el mundo. Si no, no. (Hablamos del mundo social, no de la realidad física, donde lo que sí cambia es el tiempo, sin parar, como sabemos).

Más aún. En realidad, el mundo todavía no ha “cambiado” esa premisa, porque somos nosotros los que no aceptamos las consignas de la ensalada de género, tan avinagrada como está. Es la mano negra que se mueve a sus anchas engañando por doquier, por los tugurios revolucionarios diseminados por todo el planeta, la que está sembrando la mala semilla. Sucede como en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30). Mano negra revestida de guante de seda se desliza camuflada y omnisciente entre las mentes simples de la incultura a que previamente nos ha llevado, y ahora se cree la mente ilustrada del nuevo establishment, y ataca con sus múltiples cabezas cornudas tras colocarlas concienzudamente en los cuatro ángulos de la tierra. Como si fuera el no-va-más de la nueva cultura del nuevo mundo –dicen- que ahora, sí, por fin, de golpe, hemos descubierto. Según nos machacan día y noche, es aquel mundo del que debemos atiborrarnos y emborracharnos antes de que la religión del viejo mundo –esa que debemos rebatir para triunfar en el intento, la católica- haya pasado de moda.

Pero resulta que lo cierto es que si provocamos la inanición y muerte del cristianismo, nuestra cultura, eso es, nuestro mundo, ese que conocemos y nos da la vida, sucede que la vida misma muere, como se va demostrando a medida que avanza el ataque; y nosotros con ella. Y ¿quién nos asegura que la nueva religión del laicismo radical nos dará lo que promete? ¡Nadie! Porque resulta que en el cristianismo –y más en concreto, en el catolicismo- está la savia de la vida divina que nos posibilita brotar del Árbol de la Cruz que es la vida humana, raíz y tronco arriba, a la eternidad beatífica del Cielo. Y eso, porque no somos el Creador, sino simplemente sus seres creados. Lo contrario será para los que no se dejen empapar por la savia divina, porque prefieran la rebelión propia de la corrompida sangre satánica.

Será –entonces, sí, de golpe y de verdad- el cumplimiento de la parábola de Jesucristo: vendrán los santos ángeles de Dios y arrancarán y separarán la cosecha (Mt 13, 24-30). En efecto, será allí donde reside Satán donde residirán los que le siguen: el Infierno. Y tan rebeldes habrán sido y serán, que ya no tendrán marcha atrás. Y en el Infierno se quemarán, revolcándose en la inmundicia de su propia soberbia y libidinosidad, por toda la eternidad. ¿No sería mejor Vivir la Vida, CON MAYÚSCULAS? ¡Aún estamos a tiempo!

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