A lo largo de la historia se ha distorsionado la relación entre dos importantes ramas del conocimiento: la teología y la ciencia.
En este artículo pretendo exponer las razones por las cuales no es cierto que ambas disciplinas se encuentren en las antípodas. Por el contrario, sostengo que pueden ser compatibles.
Uno de los conceptos más importantes tanto de la filosofía clásica como de la ciencia es el principio de causalidad, según el cual todo efecto tiene una causa. Se trata de un principio fundamental para comprender la realidad y sobre el cual se han construido numerosas teorías científicas.
En el ámbito de la física teórica existe una partícula hipotética llamada taquión, que, de existir, podría plantear problemas para el principio de causalidad al desplazarse a una velocidad superior a la de la luz. Sin embargo, hasta la fecha no existe ninguna evidencia experimental que confirme su existencia.
Los grandes aceleradores de partículas, como el CERN, llevan décadas investigando la naturaleza fundamental del universo. Gracias a ellos se han logrado descubrimientos extraordinarios, como la confirmación del bosón de Higgs y el estudio detallado de partículas como los neutrinos. Sin embargo, ninguna observación ha demostrado la existencia de los taquiones.
Si el principio de causa y efecto continúa siendo válido para nuestro universo, entonces es razonable preguntarse por la causa del propio universo.
¿Cómo sabemos que esa causa es Dios? Esta suele ser una de las preguntas más frecuentes desde una perspectiva atea. La respuesta depende, en gran medida, del concepto filosófico de Dios. Tradicionalmente, Dios se entiende como el ser supremo, causa primera y creador del universo. No es necesario adoptar una concepción religiosa específica para aceptar la posibilidad de una inteligencia creadora; incluso corrientes filosóficas como el panteísmo utilizan una idea de Dios, aunque diferente de la concepción teísta tradicional.
Otra objeción habitual es la siguiente: «¿Quién creó a Dios?». Si todo tiene una causa, ¿cuál sería la causa del creador?
La dificultad de esta pregunta consiste en asumir que las leyes que gobiernan nuestro universo deben aplicarse necesariamente a aquello que está más allá del espacio y del tiempo. Sin embargo, el principio de causalidad describe el comportamiento del universo conocido; no implica necesariamente que una causa trascendente esté sometida a las mismas condiciones temporales que el propio universo.
Podría pensarse que el Big Bang responde por sí solo al origen del universo. Sin embargo, el modelo del Big Bang describe la expansión inicial del universo observable, no necesariamente la causa última de esa expansión. Aquello que haya originado el universo no tiene por qué estar sujeto a las dimensiones de espacio y tiempo tal como las conocemos. Desde una perspectiva filosófica, resulta posible sostener que esa causa sea eterna.
Si no existía el tiempo antes del Big Bang, ¿cómo pudo ocurrir?
La expresión «gran explosión» puede inducir a error. El Big Bang no fue una explosión en el espacio, sino la rápida expansión del propio espacio a partir de un estado extremadamente denso y caliente.
Cabe recordar que uno de los principales impulsores de esta teoría fue el sacerdote y físico belga Georges Lemaître.
Esto no significa que la teoría del Big Bang demuestre la existencia de Dios. Afirmar eso constituiría una falacia de autoridad. Sin embargo, sí demuestra que uno de los modelos cosmológicos más importantes de la ciencia moderna fue desarrollado por un científico creyente y que dicho modelo no nació como un intento de refutar la existencia de Dios. De hecho, el modelo cosmológico predominante no contradice ni descarta las posturas teístas.
¿Existen evidencias del Big Bang?
Sí. Existen varias evidencias observacionales que respaldan este modelo cosmológico.
La primera es la expansión del universo, observada mediante el corrimiento al rojo de las galaxias y descrita por la ley de Hubble-Lemaître.
La segunda es la radiación cósmica de fondo de microondas, descubierta en 1965, considerada una de las pruebas más sólidas del modelo.
La tercera es la abundancia de los elementos ligeros, principalmente hidrógeno, helio y litio, cuyas proporciones coinciden con las predicciones de la nucleosíntesis primordial.
¿Es la ciencia patrimonio del ateísmo?
La palabra ciencia proviene del latín scientia, que significa «conocimiento». La ciencia puede entenderse como el conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación, la experimentación y el razonamiento sistemático.
Sin embargo, también conviene recordar una célebre frase atribuida a Isaac Newton:
«Lo que sabemos es una gota; lo que ignoramos es un océano».
Todo conocimiento humano está condicionado por nuestras limitaciones. Nuestros sentidos solo perciben una pequeña parte de la realidad. La vista humana capta únicamente una fracción del espectro electromagnético; el oído percibe un rango limitado de frecuencias sonoras; existen innumerables fenómenos físicos que solo pueden detectarse mediante instrumentos especializados.
Estas limitaciones nos recuerdan que la ciencia describe aquello que puede observarse y estudiarse mediante métodos empíricos, pero no necesariamente responde a todas las preguntas filosóficas acerca del sentido último de la existencia.
En tiempos marcados por la polarización y la desinformación, algunos podrían preguntarse: «¿Qué hace un creyente cristiano hablando de ciencia?».
La respuesta es sencilla: la ciencia no pertenece a los ateos, del mismo modo que tampoco pertenece a los creyentes. No es una creencia ni una ideología; es un método para adquirir conocimiento sobre el mundo natural.
Por ello, es incorrecto afirmar que la comunidad científica es, por definición, atea. Existen científicos creyentes, agnósticos y ateos. La ciencia, por sí misma, no obliga a adoptar una postura filosófica determinada respecto de la existencia de Dios.
Hay científicos laureados y galardonados con el Premio Nobel que no son ateos. William D. Phillips, Premio Nobel de Física en 1997, declaró en una ocasión: «Los científicos son personas; tenemos creencias como cualquier ser humano». Phillips, quien es cristiano, ha afirmado que su fe en Dios se ha fortalecido gracias a la ciencia. Esto demuestra que es falso afirmar que existe una relación necesaria entre la ciencia y el ateísmo.
Otros científicos de enorme relevancia histórica también profesaban creencias religiosas. Louis Pasteur, considerado el padre de la microbiología; Gregor Mendel, padre de la genética; Georges Lemaître, padre de la teoría del Big Bang; Galileo Galilei, uno de los fundadores del método científico moderno; y Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, fueron personas con profundas convicciones religiosas.
Asimismo, entre los ganadores del Premio Nobel en Física, Química y Medicina existen numerosos científicos creyentes. El propio Francis S. Collins, quien dirigió el Proyecto Genoma Humano, es un reconocido cristiano practicante. Hay alrededor de treinta galardonados con el Premio Nobel de Física que estaban muy lejos de ser ateos, además de otros premiados en Fisiología o Medicina, Química y otras disciplinas.
Esa famosa encuesta que circuló durante años por internet, según la cual el 95 % o incluso el 100 % de los científicos eran ateos, fue posteriormente cuestionada y descartada debido a importantes problemas metodológicos. En cambio, estudios más rigurosos, como los realizados por el Pew Research Center y otros centros de investigación, muestran que aproximadamente el 40 % de los científicos se identifican como ateos.
Ahora bien, esto tampoco significa que, porque muchos científicos hayan sido creyentes o porque una mayoría de la comunidad científica no sea atea, la existencia de Dios quede demostrada. Ese también sería un argumento de autoridad. Lo que se pretende desmentir es la afirmación de que la ciencia y el ateísmo han ido necesariamente de la mano a lo largo de la historia de la humanidad.
En internet abundan videos, páginas y publicaciones de personas que afirman que la teoría de la evolución constituye una prueba irrefutable de que Dios no existe. Sin embargo, esa conclusión no se desprende de la teoría evolutiva. De hecho, la teoría de la evolución es aceptada oficialmente por la Iglesia católica.
Charles Darwin tampoco fue un ateo militante durante toda su vida. Aunque su pensamiento evolucionó con el tiempo, en diversos escritos expresó que la complejidad del universo le generaba profundas reflexiones sobre la existencia de un Creador. Además, algunos consideran a Aristóteles como uno de los primeros pensadores que propusieron ideas relacionadas con el cambio gradual de los seres vivos.
La teoría de la evolución es un conjunto de evidencias científicas que explica la evolución biológica, es decir, los cambios genéticos que experimentan las poblaciones a lo largo del tiempo. No pretende explicar el origen del universo ni aquello que pudo existir antes de él. Por ello, resulta incorrecto utilizar la teoría de la evolución como una supuesta demostración científica de la inexistencia de Dios.
¿Cómo podemos creer en la existencia de Dios si se han cometido matanzas en su nombre?
Este es uno de los argumentos más frecuentes para cuestionar la existencia de Dios. Sin embargo, también es cierto que, en nombre del ateísmo de Estado, se cometieron millones de asesinatos durante el siglo XX. Basta con considerar tres ejemplos: la Unión Soviética, la China de Mao y la Camboya de los Jemeres Rojos.
En esos regímenes, muchas personas religiosas fueron perseguidas. En algunos casos se les privó del acceso a la educación, se les excluyó de la vida pública o se les encarceló. En otros, fueron ejecutadas por causa de sus creencias. Del mismo modo, numerosos opositores políticos fueron encarcelados, exiliados o asesinados por gobiernos que promovían oficialmente el ateísmo de Estado.
Sin embargo, esto no significa que el ateísmo mate, del mismo modo que tampoco significa que el teísmo mate. Lo que demuestra la historia es que las personas pueden cometer atrocidades en nombre de cualquier ideología, religión o sistema político cuando adoptan posiciones fanáticas y totalitarias.
Del mismo modo, en tiempos recientes también hemos visto crímenes cometidos en nombre de la democracia, de la paz o de otras causas aparentemente nobles. Es evidente que los actos criminales de ciertas personas no convierten automáticamente en perversa la idea que dicen defender.
En conclusión, este artículo puede resumirse en tres ideas principales.
En primer lugar, la ciencia no es una religión ni constituye patrimonio exclusivo de los ateos.
En segundo lugar, la historia demuestra que la ciencia y la creencia en Dios no son incompatibles y que numerosos científicos destacados han profesado una fe religiosa.
Finalmente, las acciones violentas cometidas en nombre de Dios, del ateísmo, de un Estado o de cualquier otra ideología no prueban que dichas creencias sean verdaderas o falsas; únicamente ponen de manifiesto la capacidad del ser humano para justificar la violencia cuando actúa de manera fanática.










