Hay una pregunta que aparece al final de muchos viajes y que quizá sea más difícil que la de cómo llegar: ¿cómo se vuelve?
Odiseo consigue regresar a Ítaca, pero no regresa siendo el mismo hombre que salió de ella. Ha pasado por la guerra, ha perdido compañeros, ha conocido la violencia, la astucia, el miedo, la soledad y la incertidumbre. Ha tenido que sobrevivir en circunstancias que nunca habría elegido.
Su cuerpo vuelve a casa.
Pero volver físicamente no significa que todo lo vivido haya quedado atrás.
Esta distinción resulta especialmente importante en nuestra propia vida. Podemos abandonar un lugar, terminar una relación, superar una enfermedad, cerrar una etapa profesional o regresar a nuestra casa después de una larga ausencia. Pero una parte de nosotros puede seguir viviendo interiormente en aquello que sucedió.
Hay personas que regresan de una guerra y continúan viviendo en ella durante años. Otras vuelven de una enfermedad y siguen sintiéndose enfermas aunque su cuerpo se haya recuperado. Algunas personas abandonan una relación, pero continúan dialogando interiormente con lo que ocurrió. Otras consiguen superar una crisis profesional, pero siguen midiendo su valor personal por aquel fracaso.
El acontecimiento ha terminado. La historia interior todavía no.
Hoy tenemos palabras que Homero no tenía: trauma, estrés postraumático, heridas psicológicas, duelo, daño moral. No necesitamos diagnosticar a Odiseo con categorías contemporáneas para reconocer algo que la literatura conoce desde hace siglos: lo que vivimos modifica nuestra manera de mirar el mundo y de mirarnos a nosotros mismos.
No todas las heridas se ven.
Algunas afectan al cuerpo. Otras aparecen en la memoria, en el sueño, en la confianza, en las relaciones. Hay heridas producidas por lo que nos hicieron, pero también por aquello que nosotros hicimos. Y existen otras, quizá especialmente difíciles, que nacen de lo que tuvimos que hacer para sobrevivir.
Y es entonces cuando surge una pregunta inquietante.
¿Qué dice aquello que hice sobre quién soy?
Es una pregunta que puede llevarnos a dos extremos.
Uno es negar la responsabilidad: «No pude hacer otra cosa».
El otro es convertir un error, un fracaso o una acción de la que nos arrepentimos en una definición completa de nuestra persona: «Eso es lo que soy».
Pero existe una tercera posibilidad. Podemos asumir una responsabilidad sin convertirla en una identidad.
No es lo mismo decir «hice algo malo» que decir «soy malo». La primera afirmación abre la puerta a la responsabilidad, al arrepentimiento, a la reparación y al cambio. La segunda puede encerrarnos para siempre en nuestro pasado.
También aquí el regreso de Odiseo puede hablarnos. Volver a casa no consiste en borrar Troya. Consiste en encontrar una manera de vivir después de Troya.
Porque el pasado no desaparece cuando dejamos de hablar de él. Lo que podemos hacer es cambiar el lugar que ocupa dentro de nuestra historia.
No podemos deshacer lo ocurrido. Sí podemos decidir qué hacemos con ello. Esta es una diferencia fundamental.
Hay acontecimientos que no elegimos y que nos hieren profundamente. No tenemos por qué afirmar que fueron necesarios, buenos o enviados para enseñarnos algo. Hay sufrimientos que simplemente duelen. Hay injusticias que deben ser reparadas, pérdidas que deben ser lloradas y heridas que necesitan tiempo.
Pero incluso cuando no hemos elegido lo sucedido, todavía podemos preguntarnos qué hacemos a partir de ahora. La respuesta no siempre es inmediata.
Algunas heridas necesitan silencio. Otras necesitan conversación. Algunas requieren el acompañamiento de personas que sepan escuchar y, cuando sea necesario, ayuda profesional. Hay dolores que no se resuelven con una frase optimista ni con la recomendación de «mirar hacia adelante».
A veces mirar hacia adelante exige primero poder mirar hacia atrás sin quedar atrapado. Eso es integrar.
Integrar no significa justificar lo ocurrido. Tampoco significa olvidar. Significa conseguir que aquello que sucedió forme parte de nuestra historia sin convertirse en el dueño de nuestra historia.
Podemos decir: «Esto me ocurrió». Y, con el tiempo, llegar a decir también: «Esto forma parte de mí, pero no es todo lo que soy».
Quizá por eso el regreso sea más difícil de lo que parece.
Cuando alguien vuelve después de una larga ausencia, las personas que le esperan pueden imaginar que encontrarán al mismo de antes. Pero quien ha vivido profundamente ya no puede ser exactamente el mismo.
Y también quienes se quedaron han cambiado. Penélope ha esperado. Telémaco ha crecido. Ítaca tampoco es exactamente aquella que Odiseo abandonó.
Esta es una de las grandes dificultades de cualquier regreso: reencontrarse con un mundo conocido desde una persona que ya no es la misma.
Nos ocurre después de muchos acontecimientos de la vida. Volvemos a la familia después de años fuera. Volvemos a un trabajo después de una crisis. Volvemos a un lugar de nuestra infancia. Volvemos a una relación después de una ruptura. Volvemos a nuestro propio cuerpo después de una enfermedad.
Y descubrimos que no basta con recuperar lo que había antes. Tenemos que aprender a habitar de nuevo nuestra vida. Por eso quizá el verdadero regreso no consiste en recuperar el pasado, sino en reconciliarnos con el presente.
No para negar quiénes fuimos, sino para permitir que lo vivido encuentre un lugar dentro de quienes somos ahora.
Aquí aparece también la cuestión del perdón.
Perdonar no significa afirmar que aquello que sucedió estuvo bien. No significa olvidar ni renunciar a la justicia. A veces significa dejar de permitir que la ofensa siga gobernando nuestra vida.
Y también necesitamos, en ocasiones, aprender a recibir perdón.
Hay personas que pueden perdonar a los demás, pero no consiguen perdonarse a sí mismas. Permanecen condenadas por una sentencia que nadie les impone ya, pero que ellas siguen pronunciando cada día.
Quizá una de las formas más profundas de libertad consista en descubrir que podemos ser algo más que nuestro pasado.
Odiseo no puede regresar a Troya para deshacer la guerra. Tampoco puede convertirse de nuevo en el hombre que salió de Ítaca. Solo puede hacer algo más difícil: seguir viviendo. Y seguir viviendo no significa fingir que nada ocurrió. Significa aprender a caminar llevando también aquello que ocurrió.
Hay personas que sobreviven a un acontecimiento y otras que, después de sobrevivir, consiguen transformar la relación que mantienen con él. No siempre ocurre, y no ocurre por simple voluntad. Pero cuando sucede, la herida deja de ocupar todo el espacio.
La experiencia sigue formando parte de la historia. Pero ya no escribe sola el final. Quizá esa sea una de las grandes lecciones del regreso de Odiseo.
Sobrevivir consiste en haber atravesado el acontecimiento. Vivir después de él consiste en integrarlo.
Y entonces comprendemos que regresar no significa volver al punto de partida. Volver significa llegar a un lugar conocido con unos ojos nuevos.
Odiseo vuelve a Ítaca, pero trae consigo Troya, las islas, las pérdidas, los encuentros y todo aquello que ha aprendido. No puede regresar sin su historia.
Nosotros tampoco.
La cuestión no es conseguir una vida sin heridas. Es aprender, cuando sea posible, a que nuestras heridas no sean las que decidan quiénes somos. Porque quizá el verdadero regreso no sea recuperar al que partió. Sea descubrir quién puede llegar a ser aquel que ha vuelto.
¿Cómo se vuelve después de una experiencia que nos cambia? A través de Odiseo, una reflexión sobre las heridas invisibles, el perdón, la responsabilidad y el difícil aprendizaje de vivir después de lo ocurrido. Compartir en X









