Odiseo tiene un problema: necesita regresar. Telémaco tiene otro, quizá más silencioso: necesita crecer.
Mientras su padre recorre mares, islas y peligros, Telémaco permanece en Ítaca. Ha nacido en una casa marcada por una ausencia. Conoce a Odiseo más por lo que otros cuentan de él que por la experiencia cotidiana de tenerlo a su lado. Y, sin embargo, llega un momento en que ya no puede limitarse a esperar. Tiene que salir, preguntar, buscar noticias de su padre y, sobre todo, empezar a descubrir quién es él.
Su viaje es diferente al de Odiseo. El padre necesita volver a casa. El hijo necesita aprender qué significa tener una casa. Quizá por eso Telémaco tiene tanto que decirnos sobre la educación.
Vivimos en una época en la que nuestros jóvenes disponen de más información que ninguna generación anterior. Pueden consultar en segundos aquello que antes exigía horas de búsqueda. Pueden conocer otras culturas, escuchar opiniones diferentes, aprender casi cualquier habilidad y acceder a miles de modelos de vida.
Pero tener muchos mapas no significa necesariamente saber hacia dónde caminar.
A veces sucede justamente lo contrario: cuando todo parece posible, resulta más difícil elegir. Cuando todas las opiniones están al alcance de la mano, cuesta distinguir cuáles merecen ser escuchadas. Cuando existen infinitas posibilidades de construir una identidad, podemos terminar sin saber qué merece formar parte de ella.
Telémaco nos recuerda que nadie empieza completamente desde cero.
Recibimos un nombre, una lengua, una familia, una historia, una cultura, unas costumbres, unas heridas y también unas posibilidades. Recibimos valores y preguntas que no hemos elegido. La identidad no consiste simplemente en inventarnos a nosotros mismos. También consiste en descubrir qué hemos recibido y decidir qué queremos conservar, qué necesitamos transformar y qué deseamos transmitir.
Por eso educar es mucho más que proporcionar información.
Educar significa ayudar a una persona a orientarse. Significa ofrecerle criterios para que pueda ejercer su libertad. No consiste en decidir por ella, pero tampoco en abandonarla ante un mundo de posibilidades diciéndole simplemente: «Elige lo que quieras».
Porque la libertad necesita algo más que opciones. Necesita formación.
Un joven puede tener cien caminos delante y seguir sin saber cuál merece la pena. Puede conocer perfectamente cómo llegar a un lugar y desconocer por qué debería ir allí.
Esta es una de las grandes tareas de la educación: enseñar no solo a conseguir cosas, sino a preguntarse qué cosas merecen ser conseguidas.
Telémaco necesita conocer su historia para poder construir la suya. Pero no está llamado a convertirse en una copia de Odiseo. Su padre puede ser una referencia sin convertirse en un molde. Crecer significa recibir una herencia y, al mismo tiempo, hacerla propia.
También aquí necesitamos superar una falsa oposición. A veces hablamos de tradición y libertad como si fueran enemigos. Como si para ser libres tuviéramos que romper con todo lo recibido. Pero una persona que no sabe de dónde viene difícilmente puede decidir con profundidad hacia dónde quiere ir.
Las raíces no impiden caminar. Lo que impide caminar es no tener ninguna.
Una educación verdaderamente humana debería proporcionar ambas cosas: raíces y libertad. Raíces para saber quiénes somos; libertad para decidir qué hacemos con lo que hemos recibido. Y para eso hacen falta adultos.
No adultos perfectos —porque no existen—, sino adultos que hayan aprendido a vivir con cierta coherencia. Personas capaces de asumir responsabilidades, mantener compromisos, reconocer errores, pedir perdón, cuidar a otros y sostener una palabra dada.
Los jóvenes aprenden mucho más de lo que hacemos que de lo que decimos.
Telémaco no necesita solamente que alguien le explique quién fue Odiseo. Necesita convertirse él mismo en alguien capaz de asumir su propia vida. Ahí comienza la madurez.
Mientras somos niños, una parte importante de nuestra vida está organizada alrededor de la pregunta: «¿Qué pueden hacer los demás por mí?». Al crecer aparece otra pregunta mucho más exigente: «¿Qué puedo aportar yo?».
No es un simple cambio de edad. Es un cambio de centro. La persona madura comienza a comprender que su libertad no consiste únicamente en poder elegir, sino también en poder responder a aquello que elige. Por eso educar no consiste en allanar todos los caminos. Consiste en preparar a una persona para caminar.
Y caminar significa encontrarse con dificultades, equivocarse, rectificar, descubrir límites y aprender a distinguir entre lo que uno desea y lo que realmente merece ser deseado.
Telémaco tiene que abandonar la posición de quien simplemente espera. Su crecimiento comienza cuando asume que también él tiene una responsabilidad en la historia de su casa.
Hay algo profundamente contemporáneo en esa escena.
Muchos jóvenes reciben hoy una enorme cantidad de información, pero no siempre encuentran personas que les ayuden a convertirla en sabiduría. Pueden tener acceso a miles de respuestas y seguir sin encontrar las preguntas importantes.
¿Quién quiero ser?
¿Qué clase de persona quiero llegar a ser?
¿Qué merece mi tiempo?
¿Qué estoy dispuesto a cuidar?
¿Qué no quiero traicionar?
¿Para quién quiero vivir?
Estas preguntas no se responden con un buscador. Necesitan tiempo, experiencia, conversación, lectura, silencio y, sobre todo, encuentro con personas que hayan recorrido antes una parte del camino.
La tradición puede entenderse así: no como una jaula que impide avanzar, sino como una conversación entre generaciones. Alguien nos entrega una antorcha. Nosotros decidimos qué hacer con ella.
Quizá esa sea una de las imágenes más hermosas que podemos extraer de Telémaco. Su padre está ausente, pero su ausencia no significa que carezca de historia. Hay una casa, una madre, un nombre, una memoria y una tierra de la que procede. A partir de ahí tendrá que construir su propia respuesta.
También nosotros necesitamos algo semejante.
Necesitamos personas que nos enseñen que existe una dirección sin obligarnos a recorrer exactamente su camino. Necesitamos referentes que nos ayuden a descubrir nuestras propias capacidades sin convertirnos en copias suyas. Necesitamos una historia que podamos recibir críticamente, no para repetirla mecánicamente, sino para continuarla.
Y necesitamos aceptar que crecer implica asumir progresivamente responsabilidades.
Quizá por eso Telémaco completa de algún modo la imagen de Penélope. Ella permanece para conservar la casa. Él crece dentro de esa casa hasta estar preparado para salir de ella. Odiseo representa al que parte. Penélope, a quien permanece. Telémaco, al que se forma entre la partida y el regreso.
Los tres movimientos son necesarios. Porque una casa no sirve únicamente para quedarse. También sirve para aprender a partir.
Y quizá esta sea una de las grandes paradojas de la educación: educamos a una persona precisamente para que un día pueda caminar sin nosotros. Pero si queremos que camine de verdad, no podemos confundir autonomía con abandono.
Un buen educador no lleva siempre al otro de la mano. Llega un momento en que tiene que soltarla. Pero antes debe haberle ayudado a aprender a caminar.
Telémaco no necesita vivir la vida de Odiseo. Necesita encontrar la suya. Y eso es crecer: descubrir que nuestra vida nos ha sido entregada como una posibilidad, pero también como una responsabilidad.
Todos necesitamos una Ítaca. Pero antes de emprender el viaje necesitamos aprender a reconocerla. Y, para eso, hacen falta mapas. No mapas que nos digan exactamente dónde poner cada paso, sino mapas que nos ayuden a distinguir el norte.
Porque cuando faltan mapas, no basta con caminar más deprisa. Hay que aprender a orientarse.
Penélope: la grandeza de permanecer (VI)
Twitter: @lluciapou
Telémaco no necesita vivir la vida de Odiseo. Necesita encontrar la suya. ¿Cómo educar para la autonomía sin confundir libertad con abandono? Compartir en X










