Según cuenta Homero, su canto tenía algo irresistible. Quien lo escuchaba quedaba fascinado y perdía el rumbo. Por eso Odiseo pidió que lo ataran al mástil de su nave mientras sus compañeros se tapaban los oídos con cera. Él quería escuchar el canto, pero no quería quedar sometido a él.
La escena pertenece a un mundo muy antiguo. Y, sin embargo, quizá nunca haya sido tan actual. Hoy las sirenas no viven en una isla perdida del Mediterráneo. Viven en nuestro bolsillo.
Están en las notificaciones del teléfono, en los mensajes que reclaman una respuesta inmediata, en las redes sociales, en los vídeos que se suceden sin terminar nunca, en las noticias que compiten por nuestra atención, en la publicidad que conoce nuestros deseos y en esa interminable sucesión de estímulos que nos invita constantemente a mirar algo nuevo. Ya no necesitamos acercarnos a las sirenas. Las sirenas vienen a buscarnos.
El verdadero problema no es la información.
Vivimos rodeados de información. Nunca habíamos tenido un acceso tan fácil a conocimientos, noticias, opiniones, imágenes y personas.
Pero quizá el problema de nuestra época no sea la falta de información, sino la dificultad para prestar atención.
Podemos estar físicamente en un lugar y mentalmente en otro. Escuchar a una persona mientras pensamos en el mensaje que acaba de llegar. Leer un libro mientras comprobamos el teléfono. Comer mientras vemos una pantalla. Conversar mientras una parte de nosotros espera otra notificación.
Hemos aprendido a estar en muchas partes al mismo tiempo y corremos el riesgo de no estar verdaderamente en ninguna.
La atención parece una facultad sencilla, pero es mucho más que eso.
Aquello a lo que prestamos atención termina configurando nuestra vida.
Si dedicamos nuestra atención continuamente a lo urgente, terminaremos confundiendo lo urgente con lo importante. Si la entregamos a la comparación permanente, nuestra vida quedará medida por la vida de los demás. Si la ponemos al servicio del entretenimiento constante, quizá acabemos perdiendo la capacidad de permanecer ante aquello que no produce una gratificación inmediata.
Y entonces aparece una pregunta que tiene mucho que ver con nuestro viaje a Ítaca:
¿Quién gobierna nuestra atención?
Las sirenas no necesitan llevarnos a ninguna parte.
Lo fascinante de la escena de la Odisea es que las sirenas no necesitan obligar a Ulises a abandonar su barco. Les basta con conseguir que deje de gobernarlo. Esa puede ser también nuestra situación.
El teléfono no tiene que destruir nuestros proyectos. Basta con que interrumpa continuamente nuestra capacidad de concentrarnos en ellos.
Las redes sociales no tienen que quitarnos toda la vida. Basta con que consigan una pequeña parte de nuestra atención una y otra vez.
La distracción no siempre aparece como una gran tentación. Muchas veces llega en pequeñas dosis: mirar una pantalla, comprobar un mensaje, consultar una noticia, responder algo que podía esperar.
Una interrupción parece insignificante, pero miles de interrupciones terminan construyendo una forma de vivir. Por eso el problema no es el teléfono. Ni siquiera son necesariamente las redes sociales. El problema aparece cuando dejamos de ser dueños de nuestra atención.
Una vida fragmentada
Byung-Chul Han ha descrito algunos rasgos de nuestra época a partir de esta lógica de la hiperactividad y la dispersión. Estamos acostumbrados a pasar rápidamente de una cosa a otra y hemos llegado a confundir intensidad con profundidad.
Pero mirar muchas cosas no significa ver mejor. Recibir muchos estímulos no significa comprender más. Estar permanentemente ocupados no significa estar viviendo más.
Incluso podemos convertir la búsqueda de productividad en otra forma de dispersión. Hacemos muchas cosas y, al final del día, nos queda la sensación de no haber estado realmente en ninguna.
La profundidad necesita tiempo.
Pensar necesita tiempo.
Leer necesita tiempo.
Educar necesita tiempo.
Amar necesita tiempo.
Incluso sufrir necesita, muchas veces, tiempo para ser comprendido e integrado.
Y también necesita tiempo la pregunta por el sentido.
Si todo instante de silencio es inmediatamente ocupado por una pantalla, ¿cuándo escucharemos las preguntas que no aparecen en una notificación?
La atención como libertad
Por eso recuperar la atención no es solamente una cuestión de productividad. Es una cuestión de libertad.
Cuando decidimos apagar el teléfono durante una conversación, estamos diciendo: esta persona merece mi atención.
Cuando dejamos un rato el móvil para leer, pensar o contemplar, estamos diciendo: mi mente no tiene que estar disponible para todo estímulo que reclame mi presencia.
Cuando caminamos sin auriculares y dejamos que aparezca el silencio, quizá estamos recuperando una capacidad que parecía perdida: estar con nosotros mismos sin necesidad de llenar inmediatamente el vacío.
Son gestos pequeños, pero la libertad suele construirse precisamente con decisiones pequeñas.
Ulises no confió simplemente en su fuerza de voluntad. Tomó una decisión antes de escuchar el canto de las sirenas. Se hizo atar al mástil.
Hay aquí una enseñanza muy actual: a veces somos más libres cuando ponemos límites antes de que aparezca la tentación.
No necesitamos demostrar constantemente que podemos resistir cualquier estímulo. Podemos decidir de antemano qué lugar queremos que ocupe en nuestra vida.
El móvil puede ser una herramienta extraordinaria, pero una herramienta deja de serlo cuando empieza a utilizar al que la utiliza.
El silencio no es vacío
Quizá por eso necesitamos recuperar el silencio. No como huida del mundo, sino como espacio interior. El silencio permite que algo aparezca.
Una idea.
Una pregunta.
Un recuerdo.
Una persona.
Una necesidad que habíamos ignorado.
Una decisión que llevábamos demasiado tiempo aplazando.
Una oración.
La interioridad de la que hablábamos en el artículo anterior necesita también atención. No podemos entrar en nosotros mismos si nuestra conciencia está permanentemente ocupada por estímulos exteriores.
San Agustín comprendió que el camino hacia la interioridad no era una fuga de la realidad, sino una forma de encontrar una profundidad mayor. Pero para entrar dentro hace falta detenerse.
No podemos escuchar todas las voces al mismo tiempo.
Por eso la atención es también una forma de discernimiento: elegir qué merece ser escuchado.
Simone Weil: atender es amar
Aquí resulta especialmente sugerente Simone Weil. Para ella, la atención no era simplemente concentración intelectual. Tenía una dimensión moral y espiritual. Prestar verdadera atención al otro significa hacerle espacio, dejar de imponer inmediatamente nuestros propios pensamientos y permitir que la realidad del otro aparezca ante nosotros.
Quizá por eso la atención sea también una forma de amor.
Cuando escuchamos de verdad a alguien, le estamos diciendo: «durante este tiempo, tú importas».
Cuando atendemos a un enfermo, no solamente estamos realizando una tarea. Estamos reconociendo su dignidad.
Cuando un profesor escucha a un alumno, cuando un padre escucha a su hijo, cuando un amigo permanece junto a otro que atraviesa una dificultad, la atención deja de ser una técnica y se convierte en presencia.
No podemos cuidar aquello que no somos capaces de mirar.
Y quizá una sociedad que pierde la capacidad de atender termina perdiendo también capacidad para compadecerse. Porque para compadecernos necesitamos detenernos ante el otro.
Las sirenas contemporáneas
Las sirenas actuales tienen muchas voces.
Una nos dice: «mira esto». Otra: «responde ahora». Otra: «no te quedes atrás». Otra: «compárate». Otra: «compra». Otra: «opina». Otra: «indígnate». Otra simplemente nos dice: «no estés solo con tus pensamientos». Y quizá esta sea una de las más poderosas.
Porque el silencio puede enfrentarnos con preguntas que llevamos tiempo evitando.
¿Estoy viviendo como quiero?
¿Hacia dónde voy?
¿Para qué estoy trabajando tanto?
¿Qué relaciones estoy descuidando?
¿Qué merece realmente mi tiempo?
¿En qué estoy convirtiendo mi vida?
En el artículo anterior hablábamos de ese deseo de «ir más lejos», de una profundidad que ninguna Ítaca finita puede agotar. Pero para descubrir ese «más lejos» necesitamos ser capaces de escuchar. Y escuchar exige atención.
Construir nuestro propio mástil
No se trata de demonizar la tecnología ni de imaginar una vuelta imposible a un pasado sin pantallas. Se trata de recuperar el gobierno sobre nuestra propia atención. Cada persona puede encontrar sus propios «mástiles». Dejar el teléfono fuera del dormitorio. Comer alguna vez sin pantallas. Reservar momentos de lectura. Caminar sin necesidad de escuchar nada. Mantener una conversación sin mirar el móvil. Aprender a soportar unos minutos de silencio. Rezar sin convertir inmediatamente la oración en una actividad más. Estar con una persona sin pensar en lo siguiente que tenemos que hacer.
No son reglas universales. Son ejemplos de una misma decisión: mi atención no está disponible para todo el que quiera reclamarla. Porque aquello que reclama nuestra atención no tiene necesariamente derecho a recibirla.
Volver a gobernar el barco
La Odisea nos presenta a Ulises como un hombre que quiere regresar a Ítaca.
Nosotros también tenemos una Ítaca.
Tenemos personas a las que amar, responsabilidades que asumir, proyectos que realizar, preguntas que responder, una vida que vivir. Pero podemos perder el rumbo no solamente porque no sepamos adónde queremos ir. También porque dejamos que cualquier voz decida hacia dónde mirar.
Las sirenas no tienen que destruir nuestra Ítaca. Les basta con distraernos de ella. Por eso quizá la libertad consista, en buena medida, en aprender a decir:
Esto merece mi atención; esto no.
Esta persona merece que la escuche.
Esta conversación merece que esté presente.
Este libro merece que lo lea sin interrupciones.
Esta pregunta merece que no la tape inmediatamente con entretenimiento.
Esta realidad merece que la mire.
Esta vida merece ser vivida con atención.
Ulises necesitó un mástil para no abandonar el rumbo. Nosotros también.
Porque cuando sabemos qué merece nuestra vida, empezamos a descubrir también qué no merece nuestra atención.
Y quizá entonces podamos seguir navegando hacia Ítaca sin olvidar que el viaje no consiste solamente en llegar. Consiste también en estar verdaderamente presentes mientras caminamos.
Twitter: @lluciapou
Más lejos: cuando ninguna Ítaca basta (III)
Ulises necesitó un mástil para no perder el rumbo ante las sirenas. Nosotros también necesitamos límites para no entregar nuestra atención a cada estímulo que la reclama. Compartir en X






