Hay una palabra griega que atraviesa buena parte de la Odisea: xenia. Puede traducirse como hospitalidad, pero su significado es más profundo. Se refiere a la obligación de acoger al extranjero, respetar al huésped y establecer con él una relación de protección y reciprocidad. Para los griegos de Homero, recibir a un desconocido no era simplemente una cuestión de educación o cortesía. Podía convertirse en una obligación moral.
Y esto resulta especialmente significativo porque la Odisea es, precisamente, la historia de un extranjero.
Odiseo pasa buena parte de su existencia entrando en casas que no son la suya. Llega a lugares donde nadie sabe quién es. Está herido, perdido, disfrazado, vulnerable. En algunos lugares recibe ayuda; en otros encuentra violencia. Su destino depende muchas veces de cómo los demás deciden mirar al desconocido que acaba de aparecer ante ellos.
Hay algo profundamente actual en esta situación.
También nosotros vivimos rodeados de desconocidos. Los encontramos en la calle, en el trabajo, en los hospitales, en las aulas, en los trenes y en las redes sociales. Viven junto a nosotros y, en ocasiones, llegan desde países que apenas conocemos. Tienen otras costumbres, otras lenguas, otras historias y otras formas de entender la vida.
Pero hay una diferencia importante entre encontrarse con un desconocido y ver a una persona en el desconocido. La primera mirada clasifica. La segunda acoge.
Nuestro cerebro necesita clasificar. Es inevitable. Necesitamos reconocer rápidamente aquello que tenemos delante. El problema aparece cuando dejamos que la categoría sustituya a la persona.
Entonces alguien deja de ser Juan para convertirse en «un inmigrante». María deja de ser María para convertirse en «una anciana». Una persona concreta pasa a ser «un político», «un rico», «un pobre», «un conservador», «un progresista», «un creyente», «un ateo», «un extranjero».
La etiqueta simplifica. Pero también puede deshumanizar.
Y aquí la hospitalidad adquiere una profundidad que va mucho más allá de abrir la puerta de nuestra casa. Significa reconocer que el otro posee una dignidad que no depende de que pensemos como él, de que nos resulte simpático ni de que comparta nuestra manera de vivir.
Esto no significa eliminar las diferencias. Tampoco significa afirmar que todas las ideas son igualmente verdaderas o que cualquier comportamiento debe aceptarse sin límites. Una sociedad necesita normas, responsabilidades y capacidad de discernimiento.
Pero discernir sobre una persona no equivale a negarle su humanidad. Podemos discrepar profundamente de alguien y seguir viéndolo.
Quizá este sea uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: estamos perdiendo la capacidad de ver al otro cuando dejamos de estar de acuerdo con él.
Las redes sociales han llevado esta dificultad a un extremo. Es fácil convertir a alguien en un enemigo cuando solo conocemos de él unas frases, una fotografía o un comentario. La distancia digital facilita una forma de violencia que sería mucho más difícil ejercer mirando al otro a los ojos.
Podemos insultar a quien no conocemos porque hemos dejado de verlo como persona.
La Odisea nos recuerda algo diferente: el extranjero que llega a nuestra puerta podría ser nosotros mismos.
Odiseo no sabe siempre quién le recibirá. Su supervivencia depende de la hospitalidad de otros. Y esta inversión de perspectiva resulta esencial: hoy puedo ser quien recibe y mañana puedo ser quien necesita ser recibido. La vida cambia de posiciones.
El fuerte puede volverse vulnerable. El sano puede enfermar. El que cuida puede necesitar cuidados. El que acoge puede necesitar ser acogido. El que tiene una casa puede perderla. El que se siente seguro puede encontrarse de repente en territorio desconocido. La propia Odisea está construida sobre esta experiencia de vulnerabilidad y dependencia.
Quizá por eso la hospitalidad contiene una forma de humildad. Nos recuerda que no somos autosuficientes.
Nuestra cultura valora mucho la independencia. Queremos ser capaces de resolver nuestros problemas, controlar nuestra vida y no necesitar demasiado a los demás. Pero la existencia humana está llena de momentos en los que dependemos.
Nacemos dependiendo. Enfermamos dependiendo. Envejecemos dependiendo. Amamos dependiendo. Y, en muchas ocasiones, necesitamos que otro nos abra una puerta. Aceptar esto no disminuye nuestra dignidad. Nos hace humanos.
Por eso una sociedad verdaderamente desarrollada no debería medirse únicamente por su riqueza o por su tecnología. También debería preguntarse cómo trata a quienes se encuentran en una posición de vulnerabilidad: qué hacemos con el anciano, con el enfermo, con el extranjero, con el pobre, con quien ha cometido un error, con quien piensa diferente o con quien ya no puede ofrecernos nada a cambio.
Ahí aparece una medida mucho más profunda de nuestra civilización.
Porque es relativamente fácil tratar bien a quien puede beneficiarnos. La verdadera hospitalidad empieza cuando el otro no nos aporta ninguna ventaja.
La xenia griega tenía precisamente algo de esto: el huésped era recibido antes de saber exactamente quién era. Primero se acogía; después se preguntaba.
Nuestra sociedad ha invertido muchas veces el orden.
Primero preguntamos quién es. De dónde viene. Qué piensa. Cuánto tiene. Qué religión practica. Qué partido vota. Qué profesión tiene. Qué puede aportar.
Y solo después decidimos si merece nuestra consideración.
Quizá necesitemos recuperar la mirada inversa: primero reconocer al ser humano; después entrar en las diferencias.
Esto tiene también una consecuencia para nuestra vida personal.
Una existencia orientada únicamente hacia nuestra propia Ítaca puede terminar siendo profundamente egocéntrica. Podemos tener objetivos, proyectos, ideales y metas y, sin embargo, no haber aprendido a salir de nosotros mismos.
El sentido de la vida no consiste solamente en descubrir hacia dónde voy. También consiste en descubrir con quién camino y a quién estoy dispuesto a ayudar mientras camino. Porque nadie llega solo a Ítaca.
El viaje de Odiseo es individual, pero nunca es solitario. Necesita compañeros, recibe ayuda, encuentra personas que le engañan y otras que le protegen. Su destino está continuamente entrelazado con el de los demás.
Y eso también ocurre con nosotros.
A veces imaginamos el sentido de la vida como una cuestión exclusivamente interior: descubrir nuestra vocación, encontrar nuestro propósito, alcanzar la paz, realizar nuestro potencial. Pero quizá falta una pregunta.
¿Para quién? ¿Para quién quiero ser mejor? ¿A quién beneficiará mi trabajo? ¿Quién se alegrará de que yo exista? ¿A quién estoy cuidando? ¿Quién puede contar conmigo?
Estas preguntas cambian radicalmente la búsqueda del sentido.
Porque una vida puede estar muy centrada en la realización personal y, sin embargo, carecer de verdadera grandeza. Hay algo profundamente humano en descubrir que nuestra vida adquiere sentido cuando deja de girar exclusivamente alrededor de nosotros mismos.
Y aquí la hospitalidad se encuentra con el amor.
Acoger al otro significa dejarle un espacio. No convertirlo inmediatamente en una extensión de nuestras ideas. No exigir que sea como nosotros para reconocer su valor. Escucharlo. Mirarlo. Preguntarle quién es. Y aceptar que quizá su presencia modifique también nuestra propia historia.
Esto último es importante. El huésped no solo recibe. También transforma la casa que lo recibe.
Cada persona que entra verdaderamente en nuestra vida nos modifica: un hijo, un amigo, una pareja, un alumno, un anciano al que cuidamos, una persona que sufre o incluso alguien que piensa de manera completamente diferente.
El otro puede convertirse en una interrupción de nuestros planes, pero también puede ayudarnos a descubrir una parte de nosotros que desconocíamos.
Quizá esa sea una de las formas más profundas de la hospitalidad: permitir que el otro nos saque de nosotros mismos.
Odiseo quiere volver a Ítaca. Pero durante el camino descubre que no puede llegar a ella siendo exactamente el mismo hombre que salió. Nosotros tampoco.
Las personas que encontramos en nuestro camino forman parte de aquello que nos transforma. Por eso una vida con sentido no es simplemente un viaje hacia una meta. Es un viaje compartido.
Hay que tener una Ítaca, sí. Pero también hay que aprender a abrir la puerta cuando alguien llama.
Porque, en último término, quizá una de las preguntas de nuestra vida no sea solamente quién queremos llegar a ser, sino qué tipo de persona encuentra el mundo cuando se cruza con nosotros.
Las sirenas viven en nuestro bolsillo (IV)
Twitter: @lluciapou
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