Después de PISA: dar un paso adelante

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Ha pasado ya casi un mes desde que conocimos los resultados de PISA 2025. Los titulares han ido desapareciendo, las cifras han dejado paso a otras noticias y probablemente dentro de poco volveremos a hablar del informe únicamente cuando llegue la siguiente edición.
Quizá sea precisamente ahora, cuando ha bajado el ruido, cuando merece la pena detenerse a pensar.

España obtuvo 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Estamos por debajo de la media de la OCDE en las tres competencias y ante algunos de los resultados más bajos de nuestra trayectoria en PISA.

Podemos discutir las limitaciones del informe. Y debemos hacerlo.

Educar es infinitamente más que obtener una determinada puntuación en lectura, matemáticas o ciencias.

Ninguna prueba internacional mide por completo la madurez de una persona, su capacidad para amar, su responsabilidad, su fortaleza, su sentido de la justicia o su apertura a la trascendencia. Pero utilizar esas limitaciones para ignorar los resultados sería engañarnos.

Y, pasado el primer impacto, quizá la pregunta verdaderamente interesante no sea ya quién tiene la culpa, sino otra mucho más incómoda: ¿qué estamos dispuestos a hacer? y volver a preguntarnos, ¿para qué educamos?

Durante muchos años hemos hablado hasta la saciedad de metodologías y quizá demasiado poco de finalidades.

Una escuela no existe únicamente para proporcionar las habilidades necesarias para acceder al mercado laboral. Pero tampoco puede convertirse en un espacio destinado a que niños y adolescentes estén permanentemente cómodos, entretenidos y protegidos de cualquier frustración.

Educamos personas que necesitan desarrollar su inteligencia, su voluntad, su afectividad, su cuerpo, su capacidad de relación y, para quienes creemos en ella, su dimensión trascendente.

Por eso las matemáticas, la literatura, la historia, las ciencias, la filosofía, el arte o la música no son obstáculos que hay que superar hasta conseguir un título. Son caminos para comprender la realidad y, a través de ella, construirse uno mismo.

Quizá una parte de la renovación educativa sea bastante menos sofisticada de lo que imaginamos haciendo preguntas que no caben fácilmente en una rúbrica, qué es verdadero, qué es bueno, qué merece la pena y qué clase de persona quiero llegar a ser. Y ¿cómo se hace esto?, con exigencia.

Exigir no es humillar

Exigir no es humillar. Tampoco consiste en seleccionar a los mejores y abandonar a quienes encuentran más dificultades. Es justamente al contrario.

Si creemos que cada alumno es único, digno, amado y con unas capacidades, las que sean, que merece desarrollar, entonces debemos ayudarle a descubrir que puede llegar más lejos de lo que muchas veces imagina.

La educación personalizada no consiste en bajar permanentemente la meta para evitar cualquier dificultad. Consiste en conocer a cada alumno, saber qué necesita y acompañarlo para que pueda alcanzar la mejor versión de sí mismo.

Y eso se consigue con cosas extraordinariamente sencillas como es la puntualidad, atención, orden, silencio cuando es necesario, constancia, respeto, responsabilidad y trabajo bien hecho. No son restos de una escuela antigua, son condiciones del aprendizaje.

PISA ofrece, de hecho, algún dato que debería hacernos pensar más allá de las puntuaciones. El 39 % de los alumnos españoles afirma que el ruido y el desorden dificultan la mayoría o todas sus clases de ciencias. Un 30 % señala que sus compañeros no escuchan al profesor. Tal vez antes de inventar la siguiente revolución pedagógica debamos recuperar algunas condiciones elementales para que un profesor pueda enseñar y un alumno pueda aprender.

El profesor es quien tiene que entrar en un aula

El profesor es quien tiene que entrar en un aula, ponerse delante de veintitantos alumnos y conseguir despertar en ellos el deseo de conocer. Por lo tanto, necesitamos docentes muy bien preparados en las materias que enseñan y conscientes de que son adultos de referencia para ellos.

Educa su manera de explicar y también su manera de corregir. Educa cómo afrontan un conflicto, cómo miran al alumno que tiene dificultades, cómo reconocen un error o cómo reaccionan cuando las cosas no salen como esperaban.

Es imprescindible dignificar la profesión docente y esto se hace a través de seleccionar bien, formar mejor, acompañar especialmente a quienes empiezan, observar lo que sucede realmente dentro de las aulas y crear claustros que compartan una cultura educativa común. Y también evaluar.

A veces hablamos con enorme facilidad de evaluar al alumno y nos cuesta mucho más evaluar nuestras propias decisiones.

Un colegio serio debe ser capaz de preguntarse con humildad qué está funcionando, qué no y qué debe modificar.

No podemos ni debemos olvidarnos de los padres

No podemos ni debemos olvidarnos de los padres. Son los primeros responsables de la educación de sus hijos. El colegio acompaña, colabora, orienta y aporta una competencia profesional imprescindible, pero nunca podrá sustituir a la familia.

Y esta cuestión aparece también, de manera indirecta, en PISA 2025.

En España, el porcentaje de alumnos que afirma que sus padres les preguntan al menos una vez por semana qué han hecho en el colegio ha pasado del 77 % en 2022 al 69 % en 2025. Los que hablan semanalmente con sus padres sobre los problemas que pueden tener en el colegio han descendido del 60 % al 50 %.

No conviene extraer conclusiones simplistas de dos datos, pero sí hacernos preguntas. Hay aprendizajes que empiezan mucho antes de entrar en un aula, el esfuerzo, los límites, el respeto, la gestión de la frustración, la responsabilidad, el uso razonable de las pantallas, los hábitos de sueño, la lectura o, simplemente, la conversación familiar.

No podemos pedir a los profesores que resuelvan dentro del aula todas las consecuencias de aquello que los adultos hemos dejado de transmitir fuera de ella. Necesitamos recuperar una verdadera alianza entre familia y escuela.

No familias convertidas en clientes frente al colegio, ni profesores permanentemente a la defensiva frente a las familias.

Necesitamos adultos que entienden que están educando al mismo niño y que, aunque desempeñen papeles diferentes, tienen que remar en la misma dirección.

Libertad de elección y proyectos educativos con identidad

Es también muy necesario que las familias encuentren verdadera oferta educativa y libertad de elección de educación para sus hijos.

Necesitamos proyectos educativos con identidad y equipos directivos capaces de sostenerlos y de saber explicar para qué existe.

Si todos los colegios terminan haciendo lo mismo, hablando del mismo modo y aplicando idénticos planteamientos, habremos confundido igualdad con uniformidad. Y para poder hacer todo esto los centros necesitamos autonomía, una autonomía con una contrapartida irrenunciable que es la responsabilidad.

Si pedimos libertad para educar, debemos estar dispuestos también a responder por los resultados de nuestra educación.

Humildad, fidelidad y audacia

Llevo muchos años dedicada a la educación y cada vez estoy más convencida de que este momento exige tres actitudes.

Humildad, porque los resultados no son buenos y nadie puede situarse fuera del problema. Es fácil culpar a las leyes educativas, a las pantallas, a las familias, a los profesores, a las administraciones o a la sociedad. Y seguramente en todos esos ámbitos encontraremos problemas. Pero la pregunta más fecunda es siempre: ¿qué puedo hacer yo mejor?

Fidelidad, porque no deberíamos abandonar aquello que sabemos que educa simplemente porque resulte incómodo, exigente o contracultural. Fidelidad a una visión integral de la persona, a la verdad, a la familia, a la cultura, al esfuerzo a la libertad. Y, en nuestro caso, a la identidad cristiana que da sentido último a nuestra tarea educativa.

Audacia para cambiar aquello que deba cambiar, para innovar cuando la innovación mejora verdaderamente el aprendizaje, para decir que no cuando no lo hace, para evaluar, para exigir, para reconocer errores, para defender la libertad educativa. Y, sobre todo, para no resignarnos.

España no necesita solamente otra reforma educativa, necesita una renovación educativa y las renovaciones profundas no empiezan necesariamente en un boletín oficial.

Empiezan cuando unos padres deciden ejercer plenamente su responsabilidad, cuando un profesor entra en clase convencido de que merece la pena enseñar, cuando un director se atreve a sostener un proyecto aunque en ocasiones resulte exigente, cuando un colegio sabe quién es y deja de perseguir cada nueva moda y vuelve a preguntarse qué necesita verdaderamente un niño para convertirse algún día en un adulto libre, responsable y capaz de amar.

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