PISA: La falta de educación moral debilita el conocimiento

Educación

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Hay una palabra que describe mejor que muchas estadísticas el mal que corroe nuestra escuela: pereza.

No la pereza entendida simplemente como falta de ganas. La pereza más profunda: la incapacidad para perseverar, obedecer una disciplina, soportar la frustración y terminar aquello que se ha empezado.

Una pereza convertida en cultura.

Y cuando una sociedad deja de educar el carácter, tarde o temprano también deja de formar bien la inteligencia.

Los resultados de PISA 2025 deberían obligarnos a mirar más allá de los gráficos. España obtiene 477 puntos en ciencias, 451 en lectura y 457 en matemáticas, por debajo de los promedios de la OCDE en las tres áreas. Además, el deterioro no es meramente coyuntural: viene arrastrándose desde hace años.

Pero conviene decirlo con rigor: PISA no demuestra que la decadencia moral sea, por sí sola, la causa directa de estos resultados. Tampoco permite reducirlo todo a la inteligencia artificial, las pantallas, una ley educativa concreta o la supuesta pereza de los alumnos. Sí permite, sin embargo, plantear una cuestión incómoda: ¿qué ocurre cuando una educación deja de formar la voluntad?

El conocimiento no crece en un alma indisciplinada

Durante décadas hemos hablado de competencias, metodologías, innovación y digitalización. Todo eso puede tener su lugar. La Iglesia nunca ha rechazado los avances científicos ni los métodos eficaces de enseñanza. Pero ha recordado algo elemental: el niño necesita ser formado no solo en el conocimiento, sino también en la virtud y la religión. (Catholic Encyclopedia, Educación)

Porque aprender exige hábitos. Leer exige atención. Resolver un problema exige paciencia. Estudiar una ciencia exige aceptar que la realidad no se adapta a nuestros deseos. Escribir correctamente exige someterse a unas reglas. Y trabajar bien exige hacer lo que debe hacerse incluso cuando no apetece.

No hay técnica sin disciplina. No hay excelencia sin esfuerzo. No hay formación profesional sólida cuando se ha educado al alumno para interpretar toda dificultad como una injusticia y toda exigencia como una agresión.

La educación moral no es un adorno añadido al currículo. Es la infraestructura invisible del aprendizaje. Sin dominio de sí mismo, la inteligencia se dispersa. Sin sentido del deber, el talento se desperdicia. Sin amor a la verdad, el conocimiento acaba reducido a una herramienta para aprobar, ascender o ganar dinero.

San Juan Pablo II definía la educación como desarrollo integral de la persona y maduración de la conciencia moral para discernir el bien y actuar conforme a él. (Discurso al Symposium Europeo de Educación Católica, 2004)

Esa visión resulta hoy casi revolucionaria. Hemos separado artificialmente la cabeza del corazón, como si fuera posible formar buenos técnicos sin formar antes personas responsables.

La escuela que teme exigir termina enseñando poco

Hay una confusión que ha hecho mucho daño: creer que exigir es excluir.

No. Exigir es confiar en que el alumno puede crecer. Corregir no es humillar. Suspender no es condenar. Pedir silencio, puntualidad, estudio y respeto no es autoritarismo: es preparar para la vida real.

Algunos expertos relacionan el deterioro educativo con la relajación de la exigencia académica, la pérdida de autoridad del docente y una cultura que ha querido proteger al alumno de toda frustración, privándole precisamente del aprendizaje que solo nace del esfuerzo sostenido.

La consecuencia es previsible: jóvenes que conocen sus derechos, pero no siempre sus deberes; que reclaman bienestar, pero no aceptan el sacrificio; que desean resultados, pero no soportan el proceso.

La educación católica siempre ha sabido que la libertad no consiste en hacer lo que uno quiere en cada momento. La libertad necesita límites, responsabilidad y una orientación hacia el bien. Pío XII hablaba de educar en el dominio de sí mismo, el sacrificio, la renuncia y la fidelidad al cumplimiento de los propios deberes. (Pío XII, Radiomensaje, La Paz, 1948)

Esto no es oscurantismo. Es realismo antropológico.

El alumno que no aprende a gobernar su atención será gobernado por el móvil. El que no aprende a vencer la pereza será vencido por ella. El que no aprende a perseverar ante la dificultad buscará siempre una pantalla, una excusa o una solución prefabricada.

La decadencia moral acaba afectando a la formación técnica

Durante mucho tiempo se pensó que bastaba con elevar el nivel técnico. Más matemáticas, más ordenadores, más laboratorios, más plataformas digitales. Pero una sociedad no se vuelve competente por acumular dispositivos.

La técnica necesita virtudes: precisión, responsabilidad, honestidad, puntualidad, capacidad de trabajo en equipo y respeto por la realidad. Un ingeniero negligente puede causar daños. Un médico sin sentido moral puede convertir al paciente en un objeto. Un programador sin responsabilidad puede utilizar su talento contra la verdad y la libertad. Un trabajador incapaz de perseverar no será excelente por mucho que domine una herramienta.

Pío XII advertía contra la exagerada importancia concedida a lo puramente técnico y material, y pedía devolver el primer lugar a los valores espirituales y morales. (Pío XII, Radiomensaje, La Paz, 1948)

No se trata de despreciar la técnica, sino de ponerla al servicio de la persona.

Una formación técnica sin educación moral produce especialistas que saben hacer cosas, pero no siempre saben para qué deben hacerlas, ni cuándo deben negarse a hacerlas.

Por eso la decadencia moral no permanece encerrada en las iglesias, las familias o los manuales de ética. Termina apareciendo en el aula, en el taller, en la universidad y en la empresa. Aparece como impuntualidad, superficialidad, plagio, absentismo, incapacidad para concentrarse y rechazo de cualquier autoridad.

El informe PISA señala que el 48,7% del alumnado español declaró haber faltado al menos a una clase o a un día completo en las dos semanas anteriores a la prueba, frente al 33,9% de la OCDE. Quienes faltaron obtuvieron, además, peores resultados en ciencias.

No es una prueba de causalidad moral. Pero sí es una señal. Una cultura que normaliza la ausencia difícilmente puede producir una cultura de la excelencia.

La pereza no nace de la nada

La pereza escolar no es simplemente un defecto individual. También es fruto de un ambiente.

Nace cuando el esfuerzo deja de ser admirado. Cuando la autoridad del profesor se debilita. Cuando los padres delegan completamente su responsabilidad educativa. Cuando el entretenimiento ocupa el lugar de la lectura. Cuando la pantalla sustituye a la conversación. Cuando se promete éxito sin sacrificio y autonomía sin madurez.

La tradición católica ha insistido en que los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos y que las virtudes de la obediencia, el autocontrol y la pureza se inculcan especialmente en el hogar. (Catholic Encyclopedia, Educación)

La escuela no puede reparar por sí sola todos los daños producidos por una familia ausente, una cultura permisiva y una sociedad adicta a la inmediatez.

Tampoco sería justo cargar toda la responsabilidad sobre los jóvenes. Ellos han recibido un mundo que les ofrece estímulos constantes y pocas razones para perseverar. Han sido educados, muchas veces, para exigir satisfacción inmediata y sospechar de toda norma.

Pero precisamente por eso educar vuelve a significar formar. No entretener. No halagar. No proteger de toda dificultad. Formar.

Volver a enseñar a trabajar

La respuesta no pasa por nostalgia ni por repetir consignas. Pasa por recuperar verdades sencillas:

  • que leer libros enteros sigue siendo necesario;
  • que las matemáticas requieren práctica;
  • que la memoria no es enemiga del pensamiento;
  • que el profesor debe poder enseñar;
  • que el alumno debe poder equivocarse y ser corregido;
  • que la tecnología es un instrumento, no un sustituto del esfuerzo;
  • que la libertad necesita responsabilidad;
  • que la excelencia nace de hábitos ordinarios mantenidos durante mucho tiempo.

El uso de la inteligencia artificial merece prudencia. Los datos disponibles muestran una coincidencia entre mayor uso y peores resultados, pero no permiten afirmar una relación causal directa; el deterioro, además, comenzó antes de la expansión actual de estas herramientas.

Una voluntad formada puede servirse de la inteligencia artificial. Una voluntad perezosa se servirá de ella para no pensar.

Ahí está el problema. Y también la esperanza.

La educación católica no promete alumnos incapaces de fallar. Promete algo más exigente: ayudar a formar personas capaces de levantarse, obedecer a la verdad, dominar sus impulsos y poner sus talentos al servicio del bien.

Sin educación moral, la técnica se vuelve frágil. Sin disciplina, el conocimiento se evapora. Sin sentido del deber, la libertad se convierte en capricho.

Y cuando una sociedad deja de enseñar a sus jóvenes a esforzarse, no debe sorprenderse después de que sus resultados caigan.

La pereza no se combate con más consignas, sino formando almas capaces de amar la verdad, aceptar el sacrificio y terminar bien su trabajo.

La pereza no se combate con más consignas, sino formando almas capaces de amar la verdad, aceptar el sacrificio y terminar bien su trabajo. Compartir en X

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