El retroceso generalizado de los sistemas educativos europeos, con la catástrofe española como caso extremo, no admite ya explicaciones parciales. Pantallas, metodologías, recursos: todo pesa, pero nada de eso basta para dar cuenta de un deterioro tan extendido y tan profundo. Lo que los datos de PISA 2025 muestran es la superficie visible de algo más hondo: una civilización que ha perdido la certeza de qué es el ser humano y, por tanto, hacia dónde debe conducirlo la educación.
La escuela es la pizarra donde queda escrito el pasado de una sociedad y anticipado su futuro. Lo que un adolescente de quince años es capaz de leer, razonar o sostener con atención no es un dato aislado: es el resultado acumulado de vínculos, hábitos, autoridad y transmisión —o de su ausencia—. Y esa cadena, hoy, está rota en un punto decisivo: ha dejado de haber acuerdo sobre el fin último del hombre.
Aquí es donde la tradición cristiana tiene algo insustituible que decir, porque nunca separó la pregunta pedagógica de la pregunta teológica.
Para Tomás de Aquino, educar no es rellenar un recipiente vacío de contenidos ni entrenar competencias instrumentales: es ayudar a una criatura hecha a imagen de Dios a actualizar sus facultades racionales, ordenar su libertad hacia la verdad y el bien, y alcanzar así su plenitud como persona. Esa es la primera pregunta que toda pedagogía debería formularse, y es precisamente la que Europa ha dejado de hacerse.
Cuando una civilización ya no sabe si el hombre es imagen de Dios o simple materia moldeable según el deseo del momento, la educación queda reducida a procedimiento, acreditación y gestión de competencias. Se mide todo salvo lo esencial.
Alasdair MacIntyre ayuda a nombrar el mecanismo de esa deriva: la corrupción de una práctica comienza cuando los bienes externos —prestigio, presupuesto, titulación— desplazan a los bienes internos que le dan sentido: comprender, razonar, buscar la verdad. En clave cristiana, esto es sencillamente la sustitución del fin por el medio, la vieja tentación de servir a Mammón mientras se invoca el nombre de la educación. La innovación ocupa el lugar de la eficacia real; la burocracia, el del buen maestro; la ideología, el de la verdad. Y una escuela que ya no busca la verdad no puede formar personas capaces de discernirla.
Charles Taylor señala por qué no puede existir una educación común sin horizontes compartidos: la autenticidad degenera en capricho cuando algo vale solo porque el individuo lo elige, sin ningún criterio anterior al deseo que distinga lo verdadero de lo falso o lo justo de lo injusto. El cristianismo ofrece precisamente eso que el relativismo contemporáneo no puede ofrecer: un horizonte de significación que no depende de la voluntad individual, fundado en una ley moral que precede y orienta la libertad. Sin ese horizonte, enseñar deja de ser conducir hacia algo y se convierte en acompañar preferencias que cambian con cada generación de currículos.
La familia, recuerda James Coleman, es la institución educativa primaria: crea los primeros vínculos de confianza y autoridad, enseña a aplazar la gratificación y a valorar el conocimiento antes de que la escuela intervenga. Esto no es una tesis sociológica neutra: es, en el fondo, el reconocimiento de que la familia —santuario doméstico, según la tradición cristiana— es el lugar donde se transmite algo que ninguna política pública puede sustituir.
Una civilización que debilita sistemáticamente el matrimonio, la estabilidad familiar y la autoridad de los padres no puede esperar después que la escuela repare, en unas horas lectivas, lo que se ha erosionado durante toda la infancia.
Y Douglass North explica por qué las instituciones fracasan cuando las reglas formales —leyes, currículos, evaluaciones— contradicen las informales: el respeto al maestro, el valor del esfuerzo, la aceptación de la autoridad.
El incidente de la muestra catalana, incapaz de cumplir una regla básica de evaluación, no es anecdótico: es la prueba de que la crisis alcanza también al Estado que debería gobernar la escuela, y no solo a la sociedad que la sostiene.
De estos elementos se desprende un diagnóstico que la fe no puede eludir. La crisis educativa no es, ante todo, una crisis de recursos, sino de finalidad: una civilización que ha perdido de vista que el hombre no es un productor de capital humano ni un consumidor de servicios educativos, sino una persona llamada a la virtud y, en última instancia, a Dios.
La equidad auténtica no consiste en rebajar el techo para igualar el suelo, sino en elevar a todos hacia ese fin común. Y ninguna reforma pedagógica, por sofisticada que sea, puede sustituir lo que solo una cultura de vínculos estables, autoridad reconocida y transmisión intergeneracional puede ofrecer.
El retroceso de PISA no demuestra por sí solo esta tesis, pero es plenamente coherente con ella. Lo que aparece hoy en las aulas es la pérdida acumulada de una capacidad cultural, familiar y espiritual para formar personas conforme a su verdadera naturaleza. La escuela lo registra ahora. La familia y la sociedad entera lo registrarán, con mayor gravedad, mañana, a menos que recuperemos el coraje de volver a preguntarnos, antes que nada, qué clase de persona, hecha a imagen de Dios, queremos formar.
La innovación ocupa el lugar de la eficacia; la burocracia, el del buen maestro; la ideología, el de la verdad. ¿Qué ocurre cuando los medios desplazan los fines de la educación? #PISA #CrisisEducativa Compartir en X










