Después de tantos viajes, pérdidas, encuentros y peligros, llega finalmente el momento que parecía justificarlo todo: Odiseo regresa a Ítaca. Pero quizá sea precisamente entonces cuando descubrimos que regresar no consiste simplemente en llegar a un lugar conocido.
Porque quien vuelve ya no es quien partió.
La gran paradoja de todo viaje es que uno puede regresar al mismo puerto y, sin embargo, encontrarse ante una casa diferente. No necesariamente porque hayan cambiado sus paredes, sino porque ha cambiado la persona que las contempla. El viaje ha dejado huellas. Algunas son luminosas; otras, heridas. Algunas se comprenden enseguida; otras necesitan años para encontrar su lugar dentro de nuestra historia.
Por eso, volver no significa regresar al punto de partida.
Odiseo partió de Ítaca como rey, esposo y padre. Regresa después de una guerra, de años de incertidumbre, de pérdidas y de encuentros que no habría podido imaginar. Ha conocido la gloria y la humillación, la violencia y la soledad, la tentación de olvidar quién era y el deseo persistente de regresar. Su Ítaca sigue siendo la misma, pero él ya no lo es.
Y quizá esa sea una de las grandes preguntas de la vida: ¿cómo volver después de haber cambiado?
Hay una antigua imagen que puede ayudarnos a comprenderlo. El hombre como un barco que navega y la mujer como el puerto al que se regresa. La imagen puede parecer hoy demasiado rígida si la entendemos como una distribución de papeles, pero conserva una intuición hermosa: para que un barco pueda aventurarse en el mar hace falta que exista un lugar al que regresar.
Penélope no es simplemente quien espera. Es quien mantiene viva la casa durante la ausencia. Odiseo representa la partida; Penélope, la permanencia. Él necesita regresar; ella hace posible que exista un lugar al que regresar.
Y un puerto no es una cárcel para el barco.
Un buen puerto permite partir porque también permite volver. Ofrece refugio sin impedir la navegación. Por eso la casa no debería ser entendida como el lugar donde dejamos de crecer, sino como aquel espacio desde el que podemos salir al mundo sin perder completamente nuestra identidad.
También Telémaco forma parte de ese regreso. Mientras Odiseo estaba fuera, él crecía. Penélope permanecía y Telémaco maduraba. Cuando el padre vuelve, no encuentra exactamente la familia que dejó. Encuentra una familia que ha vivido también su propia historia.
De algún modo, los tres personajes nos enseñan algo esencial: nadie regresa a una realidad que ha permanecido completamente inmóvil.
Esto ocurre también en nuestra vida. Volvemos a una ciudad después de muchos años y descubrimos que ya no somos los mismos. Regresamos a una familia después de una larga ausencia. Recuperamos una amistad. Volvemos al trabajo después de una enfermedad. Entramos de nuevo en una casa que habíamos abandonado. Incluso podemos regresar a una práctica religiosa, a una vocación o a una relación con Dios que creíamos perdida.
Y entonces aparece una dificultad: esperamos recuperar exactamente lo que dejamos atrás.
Pero la vida no funciona así.
A veces queremos que el regreso borre el viaje. Que todo vuelva a ser como antes. Que desaparezcan las heridas, que los demás comprendan inmediatamente en qué nos hemos convertido y que nosotros mismos podamos olvidar aquello que hemos vivido.
Sin embargo, regresar no consiste en borrar Troya.
Consiste en aprender a vivir después de Troya.
El regreso verdadero no elimina la historia. La integra. No convierte el pasado en algo que nunca ocurrió, sino que consigue que el pasado deje de tener la última palabra.
Quizá por eso volver a casa sea también una forma de reconciliación. No necesariamente de reconciliación con todo lo sucedido —hay acontecimientos que siguen siendo injustos y heridas que necesitan justicia, reparación o duelo—, sino de reconciliación con el hecho de que nuestra vida es una historia completa y no solamente el capítulo que más nos duele.
Podemos decir: «Esto me ocurrió» sin tener que concluir: «Esto es todo lo que soy».
Podemos reconocer nuestros errores sin convertirlos en nuestra identidad. Podemos pedir perdón sin quedar prisioneros de la culpa. Podemos perdonar sin declarar bueno lo que estuvo mal. Podemos recordar sin vivir eternamente dentro del recuerdo.
Entonces el regreso adquiere un significado nuevo.
No se trata únicamente de sobrevivir al viaje. Se trata de poder volver a habitar la propia vida.
Y aquí la historia de Odiseo puede encontrarse, siglos después, con otra historia que forma parte de nuestra tradición: la del hijo pródigo. No porque Homero estuviera anticipando la parábola de Jesús —sería anacrónico afirmarlo—, sino porque ambas narraciones comparten una intuición humana profundamente poderosa: la experiencia de alejarse y la posibilidad de regresar.
El hijo se marcha de casa buscando una vida que cree que encontrará lejos. Después de perderlo casi todo, comprende que debe regresar. Pero el centro de la parábola no está solamente en el camino de vuelta. Está en descubrir que la casa sigue siendo casa y que el padre no ha dejado de ser padre.
Desde la fe cristiana, esta imagen introduce una profundidad todavía mayor. Tal vez nuestra relación con Dios no consista tanto en recorrer una distancia hasta encontrar a alguien que está lejos, como en despertar a una relación que ya nos precede.
Podemos vivir como si estuviéramos separados de Dios. Podemos olvidarlo, sustituirlo, ignorarlo o buscar fuera aquello que ninguna realidad creada puede ofrecernos plenamente. Pero el cristianismo habla de un Dios que permanece.
Y ahí aparece una sorprendente resonancia con Ítaca.
El hogar no es simplemente el lugar donde termina el viaje. Es también el lugar desde el que comprendemos quiénes somos.
Por eso, quizá la pregunta última no sea únicamente: «¿Adónde voy?», sino también: «¿De quién soy? ¿Dónde está mi casa? ¿Qué relación sostiene mi vida?»
A lo largo de esta serie hemos hablado de Ítacas, de caminos, de sirenas, de hospitalidad, de Penélope, de Telémaco y de las heridas de Odiseo. Hemos hablado de aquello que orienta nuestra vida, de aquello que merece nuestra atención, de las personas que encontramos, de lo que debemos cuidar, de la necesidad de crecer y de la dificultad de vivir después de las heridas.
Todo conduce aquí.
Porque al final no basta con llegar.
Hay que saber regresar.
Y tampoco basta con regresar.
Hay que aprender a habitar de nuevo la propia vida.
Odiseo vuelve a Ítaca, pero no recupera simplemente al hombre que salió de ella. El verdadero regreso consiste en descubrir quién puede llegar a ser aquel que ha atravesado el viaje.
Tal vez por eso todos necesitamos una Ítaca. Pero también necesitamos algo más profundo: un lugar —y unas personas— ante las que no tengamos que demostrar nada para ser acogidos.
Una casa no es solamente un espacio físico. Es el lugar donde nuestra identidad puede descansar.
Y quizá el verdadero hogar sea aquel en el que podemos decir: «Aquí puedo ser yo, incluso después de todo lo que me ha sucedido».
Entonces comprendemos que la vida no consiste solamente en partir, ni en llegar, ni siquiera en regresar. Consiste en aprender a reconocer aquello que merece ser llamado casa.
Y tal vez la pregunta que queda abierta al terminar este viaje sea la más sencilla y, al mismo tiempo, la más profunda:
¿Estamos realmente separados de Dios o vivimos como si lo estuviéramos?
Quizá Ítaca no sea solamente el lugar al que queremos llegar.
Quizá sea también la casa que, de algún modo, nunca dejó de esperarnos.
Odiseo vuelve herido: cuando regresar no significa volver (VIII)
Twitter: @lluciapou
¿Estamos realmente separados de Dios o vivimos como si lo estuviéramos? El regreso de Odiseo a Ítaca y la parábola del hijo pródigo nos invitan a preguntarnos dónde está nuestro verdadero hogar. Compartir en X










1 comentario. Dejar nuevo
Creo entender e incluso compartir el contenido del artículo. La mayoría tenemos vivencias en ese sentido. Desde el que se fue para estudiar o trabajar hasta el que salió para vivir una aventura.
Lo que no comprendo es que el autor no se aplique lo que escribe: salió, lo 7enviaron lejos y por mucho tiempo, pero cuando al fin volvió no se dejó ni ver ni sentir por los que habían sido sus amigos del puerto de partida.