«Evangelium vitae» y la cultura de la vida

El capítulo cuarto (y último) de la encíclica “Evangelium vitae”, que está por cumplir 25 años de su publicación (en marzo de 1995), ofrecía todo un programa para promover una renovada cultura de la vida, en grado de responder a los retos actuales.

Juan Pablo II recordaba el don que hemos recibido con el Evangelio de la vida, y cómo hemos sido enviados, personal y comunitariamente, como “pueblo de la vida”, para ayudar a los hombres desde el anuncio central del Evangelio: Jesucristo (nn. 78-80).

A pesar de que habrá oposiciones y dificultades a la hora de anunciar ese Evangelio, los creyentes pueden ponerse en marcha, en una actitud celebrativa, que incluye algo tan concreto como instituir, en cada nación, una Jornada anual de la vida (nn. 84-86).

La celebración lleva al servicio, desde una actitud de atención, de responsabilidad, por la cual llegamos a la caridad concreta, la cual ha caracterizado a la Iglesia durante siglos, con actividades muy diversificadas y que también hoy encuentran diferentes modos de expresión, por ejemplo, en el voluntariado (nn. 87-90).

A continuación, san Juan Pablo II se fijaba en diversos ámbitos que pueden promover la cultura de la vida. El primero es la familia, lugar donde las relaciones se construyen desde el amor, y donde todos se sienten acogidos y responsables del bien mutuo (nn. 92-94).

Pero existen otros ámbitos, entre ellos el que se refiere directamente a la cultura. El Papa pedía, de modo explícito y valiente, una “urgente movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida” (n. 95, cf. n. 98).

El objetivo de tal movilización era claro: “Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos” (n. 95).

Ello se concreta en el esfuerzo por formar las conciencias; en la tarea educativa; en la misión propia de los intelectuales (nn. 96-98). De modo particular, las mujeres tienen una misión específica en este esfuerzo, por la relación profunda que existe entre feminidad y maternidad (n. 99, y la amplia doctrina expresada en la carta apostólica “Mulieris dignitatem” de 1988).

En ese n. 99 se ofrece uno de los textos más hermosos de la encíclica, en el que Juan Pablo II se dirigía a las mujeres que, por motivos diversos, habían llegado a cometer un aborto. Tras recordar que quizá la herida no estaba todavía cerrada, el Papa invitaba a no dejarse llevar por el desaliento, a no perder la esperanza. Luego añadía:

“Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo, que ahora vive en el Señor” (n. 99).

Los últimos números de este capítulo son una invitación a intensificar las oraciones por la vida frente a las grandes amenazas que la insidian (n. 100). Además, exhortan al “pueblo de la vida y para la vida” a actuar en la sociedad, pues se trata de promover derechos fundamentales que son la base para cualquier organización política verdaderamente justa (n. 101).

Al final, y como cierre de todo el documento, Juan Pablo II ofrecía una conclusión que, con la ayuda de imágenes del libro del “Apocalipsis”, recordaban el papel de la Virgen María en esa gran lucha contra el dragón, la potencia del mal que sigue actuando en la historia (nn. 102-104).

El último número presenta la victoria final del Cordero, el triunfo de la Resurrección, pues solo Cristo domina la historia humana, que está orientada al advenimiento de una nueva Jerusalén donde ya no habrá ni llanto ni muerte (n. 105).

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