«Fides et ratio»: recuperemos la alianza entre fe y razón

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Credo ut intellegam; intellego ut credam. El primer adagio, procedente de san Anselmo (aunque la idea primigenia es de san Agustín), y el segundo, de santo Tomás de Aquino, son perlas de incalculable valor nacidas de las fuentes de la fe cristiana católica y de la filosofía de Occidente.

La navaja de Ockham fue una primera andanada en la línea de flotación de lo que debería ser la unión indisoluble entre razón y fe, porque el nominalismo quiso destruir para siempre las esencias universales. Al postular que solo existen los objetos individuales, el nominalismo de Ockham disolvió el andamiaje metafísico anterior y estableció que los universales son meros conceptos mentales o lingüísticos.

San Juan Pablo II nos muestra este drama en su encíclica Fides et Ratio nº 45:

a partir de la baja Edad Media la legítima separación entre los dos saberes (en referencia a la teología y la filosofía) se transformó progresivamente en una nefasta separación… lo que el pensamiento patrístico y medieval había concebido y realizado como unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a las formas más altas de la especulación, fue destruido de hecho por los sistemas que asumieron la posición de un conocimiento racional separado de la fe o alternativo a ella”.

La Reforma luterana supuso otro golpe que únicamente podía ser contrapesado por el Concilio de Trento (¡lástima de los prejuicios que nos aquejan a los católicos acerca de uno de los grandes hitos del depósito de la sagrada Tradición de nuestra Iglesia!). El principio sola fides, sola Scriptura puede alegrar el oído del que concibe la autoridad de la Tradición como una losa insoportable, pero es un error de grandísimas dimensiones. El drama de la terrible amputación entre la fe —que también mana de la otra fuente de revelación, el depósito de la Tradición— se prolongaba en el tiempo.

Finalmente, la consideración de que la razón empírica es la única digna de llamarse humana expulsó la fe al reino de unas tinieblas propias de la “fe del carbonero”. Y se abrieron, así, las puertas al fideísmo.

El cientifismo constituye una forma especialmente perversa de ejercicio de reduccionismo ya que constituye el deterioro de una razón humana que, por su naturaleza y origen, va más allá de lo meramente constatable por los sentidos, a saber, lo empírico.

Pareciera que el único método de aproximación y aprehensión de la realidad fuera el científico; sin embargo, la experiencia de la vida pone en su sitio esta forma de pensar y racionalizar tan insuficientemente humana.

El papa San Juan Pablo II, en su encíclica Fides et Ratio, nos enseña:

para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida a la duda” (FR 27).

Desde luego, los griegos no concibieron el logos con esa cicatería propia de la soberbia de tantos científicos que no están dispuestos a acoger otra verdad que no provenga del método científico.

Instrumento indispensable e ideal para abordar la construcción del pensamiento propio de las disciplinas de las Ciencias, pero claramente insuficiente para explicar “¿por qué existe el ser y no más bien la nada”? o, sencillamente, “¿cómo puedo tener la certeza de que mi madre me quiere y no pretende asesinarme?”

Los que estudiamos alguna carrera universitaria científica en los años ochenta del pasado siglo bien sabemos de estos reduccionismos tan contrarios a la verdad. No olvidaré lo que nos dijo un gran profesor de Metabolismo: “Como ven, todo se reduce a la bioquímica”, apoyándose en que la causa fundamental de algunas depresiones es la falta de renovación de algunas moléculas lipídicas en las membranas neuronales. “Denle litio y se curará…”. Esto es desconocer la urdimbre de lo humano.

Regresar al pensamiento del gran Aquinate nos permite hacer un auténtico ejercicio de sapere (saborear) la verdad que encierra el adagio latino. Frente a las rupturas nominalistas y los callejones sin salida del cientifismo, la síntesis de santo Tomás emerge como máxima expresión de sabiduría.

Para el doctor Angélico la verdad es una, y la razón no es propiedad exclusiva de un abordaje constreñido únicamente a lo empírico de la res (la “cosa” o el “hecho” que queremos aprehender).

Liberada la razón de tanta estrechez, nos atrevemos a dilatarla abriendo una ventana al infinito donde lo humano y lo divino se encuentran en sus respectivas naturalezas.

Su legado nos recuerda que la fe no anula el entendimiento, sino que lo eleva y lo perfecciona; sapere es, en su sentido más hondo, gustar la verdad.

Al fin y al cabo, pedimos “sabiduría” como uno de los dones magníficos del Espíritu Santo: rogamos por el don de “gustar” y “saborear” las cosas creadas y al mismo Creador.

Frente a la receta simplista del litio y el determinismo materialista, la perspectiva tomista nos devuelve una mirada contemplativa donde la neuroquímica y el misterio del espíritu conviven sin asfixiarse. Solo rescatando esta armonía perfecta entre el logos y la Revelación podremos superar la ceguera de nuestra época, devolviendo a la humanidad una fe que no tema razonar y una razón que se atreva a elevar el acto cognitivo a la altura que nuestro corazón exige y nuestra dignidad de ser imago Dei (imagen de Dios) reclama.

Como profesor de Biología en Enseñanzas Medias, he intentado acercar a mis alumnos a un “ambiente mental” acorde con lo que acabo de exponer. Las dificultades son infinitas porque todos nos desenvolvemos en un magma de relativismo impregnado de un pensamiento blando que se nos pega por doquier. Es imposible pretender que no exista una ósmosis de ese “pensamiento desestructurado” hacia nuestro interior más profundo. Vivimos en este ecosistema y, desde ahí, partimos para desmontar su falsedad.

Mi esperanza descansa en suministrar herramientas de pensamiento y espiritualidad que empiecen a romper la coraza de este pensamiento líquido que nos envuelve.

Ánimo a los profesores de Ciencias a no rehuir las preguntas concernientes a la relación entre la evolución del mundo natural y la fe religiosa. Decir “esto no es mi campo” o “pregúntale a tu profesor de Religión o Filosofía” es dar una coartada a la idea falsa de que ambas aproximaciones a “lo que existe” son inconciliables. Nuestra “no respuesta” es la peor de todas las posibles, pues puede delatarnos y, lo que es peor, perpetuar la ignorancia que empobrece nuestro ser.

Y Dios quiera que los docentes nunca nos cansemos de estudiar para llegar a la verdad más profunda de todo con la ayuda divina y nuestro sacrificio personal. No tengamos miedo, porque Gratia praesupponit naturam (la gracia presupone la naturaleza): una analogía tan bella como reconfortante de la relación entre fe y razón.

¡Atrevámonos a pensar y a creer! Laus Deo.

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