Existe en el imaginario colectivo una escena muy potente: cuando los turcos otomanos estaban a las puertas de Constantinopla, los teólogos estaban discutiendo sobre el sexo de los ángeles. Y a veces, como profesor, siento que nuestra actitud hacia los alumnos es similar a ello.
¿Estamos auténticamente dotándoles de las herramientas para su futuro? ¿Tenemos la altura de miras para entender que su situación diferirá de la nuestra? ¿Somos conscientes de los desafíos a los que se enfrentarán?
Por un lado está el ambiente social. Extirpada la guía de Cristo y su Iglesia, los jóvenes se encuentran tras cada esquina Gorgias de todo pelaje cuya profesión es embaucarles: «Mi profesión es saberlo todo».
Proliferan los demagogos profesionales que, aupados y amplificados por esa especie de mundo de las ideas que han creado las redes sociales y espoleados por un poder político cada vez más inoperante e incapaz, les presentan una cantidad cada vez mayor de problemas y cuestiones que no pasan de lo simplemente formal: fascismos, interseccionalidades, racismos y feminismos.
Categorizaciones sin ningún arraigo en su día a día, que buscan enredarles en discusiones sobre la precisión de los términos, agrupándolos o bien en el bando que ataca, buscando la expansión de los grupos para poder crear una mayor cantidad de excluidos de la honorabilidad social, o bien en el bando que, meramente defensivo, intenta con todas sus fuerzas mantener los límites ya establecidos en aras de la paz social.
Una montaña de palabras que se sustenta sobre el acuerdo tácito de que una sociedad próspera y «avanzada» puede darle la espalda a la realidad y seguir funcionando solo con referencias a sí misma.
Por otro, avanza inconscientemente la tendencia a copiar las tácticas del Enemigo: el empleo de artificios formales para huir del rechazo que provocan las realidades sustantivas. Destaca la popularización de los valores: significantes vacíos —término sociológico que designa una palabra de definición imprecisa, en la que cada cual puede proyectar cualquier cosa que desee— que permiten la confección de una moral a la medida de la individualidad. Dentro de estos valores encontraremos aquellos que sustituyen a las virtudes teologales: los «valores judeocristianos», que, como una trampa de luces y espejos, redirigen la religiosidad del hombre hacia el centro de su ombligo.
También encontraremos los que sustituyen a las virtudes cardinales: los valores «cívicos», como la moderación (valor posmoderno que viene a destruir en los hombres la idea de la templanza y a sustituirla por el vicio de la pusilanimidad). Esta sustitución tiene un peligro evidente y urgente: que la necesidad de encontrar puntos en común para establecer un diálogo lleve a los profesores al relajamiento, disfrazado de adaptación de la praxis, de los fundamentos sustantivos de la realidad, tanto material como psicológica y espiritual.
Esto, que de por sí es una tragedia, envía a los alumnos al mundo sin las herramientas necesarias para afrontar los retos a los que la cuartomundización —ese proceso por el que Europa conserva la fachada del primer mundo mientras su economía y su tejido social se asemejan cada vez más a los del tercero— les va a enfrentar. Retos que son fundamentalmente sustantivos.
Ellos serán las generaciones para las que el reto no será la organización de tal o cual cabalgata, sino la posibilidad de formar una familia, saber lo que es un hogar digno o qué significa ser español.
Frente a ellos, de nada sirven los valores, ni los «cívicos» ni los «judeocristianos», ni las montañas de palabras con las que hoy se les entretiene. Si frente a Gorgias se alzó en su día Sócrates, es tarea nuestra, como profesores, devolver a los alumnos aquello que el sofista nunca podrá darles: el contacto con lo real.
Una educación sustantiva es aquella que no rehúye la verdad por miedo al rechazo, que forma en las virtudes y no en los valores —la fortaleza para sostener un compromiso cuando deja de ser cómodo, la prudencia para no confundir el ruido con la realidad, la templanza para no ceder a la pusilanimidad disfrazada de moderación— y que entiende que la realidad, tanto material como psicológica y espiritual, posee un orden que no se elige, sino que se descubre. Y que, una vez descubierto, se ama.
Los turcos otomanos ya están a las puertas de Constantinopla. La cuestión es si, cuando nuestros alumnos tengan que defender la ciudad, les habremos dado las herramientas para hacerlo o si el asedio nos sorprenderá, como a aquellos teólogos, discutiendo sobre el sexo de los ángeles.











