Arthur Brisbane, periodista estadounidense, allá por 1911 dijo lo siguiente: «Use a picture. It’s worth a thousand words» («Utiliza una imagen. Vale más que mil palabras»).
España rompe a llorar mientras el ministro camina hacia la oscuridad. Sí, esa España confiada, segura, despreocupada por creer que quienes debieran cuidar del país están haciendo lo que deben hacer, como el niño que felizmente juega con su tren de juguete hasta que un zapato lo aplasta y lo deja hecho añicos. El niño llora, España llora, reclama justicia, pero quien lo ha pisoteado sigue caminando con las manos en los bolsillos sin mirar atrás. No pretendo juzgar el corazón del dueño del zapato, juzgo los hechos.
El niño es España, el tren, nuestra confianza y el hombre que se aleja tiene nombre: Óscar Puente, ministro de Transportes. Exministro mejor dicho.

Tras las últimas tragedias ferroviarias y los fallos que han cuestionado la gestión y la seguridad de nuestra red, el hartazgo ciudadano se ha convertido en un grito fijo y contundente, que como un grafiti perenne en la piel de toro de nuestra patria girta: ¡FUERA!
No es un capricho de la oposición ni una campaña de la derecha, es la exigencia de responsabilidades políticas cuando la confianza pública queda hecha pedazos, porque gobernar no consiste en ocupar un sillón, repartir culpas y comparecer con gesto desafiante, es responder cuando las cosas salen mal, cuando los errores se acumulan y la confianza se desploma, asumir responsabilidades debería ser una obligación democrática.
Pero Puente parece tener una confianza extraordinaria en sí mismo. Tan extraordinaria que, llegado el momento de marcharse, parece incapaz de pronunciar la palabra «dimito». No. Él no dimite. Él renuncia.
La diferencia, por supuesto, resulta importantísima para su ego: «Dimito» suena a reconocer que ha llegado la hora de dejar el cargo; «renuncio» permite imaginar que uno decide marcharse voluntariamente, porque la música ya no está a su altura. Es increíble como hasta para irse necesita Puente una última pirueta verbal…ay madre….el cargo queda vacío, pero la soberbia sale por la puerta grande.
Abascal utilizó el mote «Óscar Muerte» para atacar al ministro de Transportes durante un mitin en Ávila el pasado 29 de octubre. Abascal debe conocer seguramente al célebre villano de Marvel, el Doctor Muerte, y su paralelismo con el apodo que bautizó al ministro transforma lo ocurrido en una caricatura del fracaso de la gestión, porque la política española parece haberse convertido en una colección de personajes malotes y villanos de viñeta satírica.
Pero la sátira no debe hacernos olvidar lo esencial: los fallecidos no son recursos retóricos para ganar discusiones, no, ni mucho menos, son personas con nombres, familias y proyectos. Sus muertes exigen respeto, investigaciones rigurosas y respuestas.
Las responsabilidades políticas no sustituyen a las investigaciones, pero tampoco pueden esconderse detrás de ellas y es que un ministro no necesita ser declarado culpable penal de un accidente para que se examine su responsabilidad política. La justicia determinará qué ocurrió y quién debe responder; la política debe valorar si quien dirige el departamento conserva la confianza necesaria para continuar.
Si su gestión ha quedado seriamente cuestionada y no ofrece explicaciones convincentes, debe plantearse si su permanencia sirve al interés general o únicamente a su supervivencia personal.
¿Qué herencia nos deja este señor como herencia de su gestión como ministro? Unas huellas que, como metáfora deliberadamente incómoda, nos dan el precio humano de estas tragedias ferroviarias. No son una cifra contable ni prueban por sí solas responsabilidades concretas pero nos recuerdan que detrás de cada víctima hay una familia a la que ninguna rueda de prensa devolverá lo perdido.
España llora, la confianza y la seguridad están destrozadas y el responsable directo continúa andando. No hace falta inventar una confesión del personaje: su postura transmite la acusación moral de la viñeta: España reclama atención mientras el poder parece ocupado en seguir su camino.
A un gobernante debe dolerle más que el ciudadano haya perdido la confianza que los gritos del adversario.
Y sí, se va el ministro, se encamina a la oscuridad del destierro político del que difícilmente pueda regresar, y en esa penumbra, imagino una voz susurrante como lamento de un fantasma, el fantasma de Pedro Sánchez que día a día le recordará “tú sí, yo nunca…”. Una vez más, las sospechas de muchos españoles se hace realidad: algunos responsables abandonan sus puestos mientras otros permanecen aferrados al poder. Ni con agua caliente se van…
Y la sociedad no deja de preguntarse legítimamente: ¿quién asume las consecuencias cuando un Gobierno pierde credibilidad? La responsabilidad no puede ser una escalera por la que solo descienden quienes ocupan los peldaños inferiores. Puente se marcha, y creo que el presidente deberá explicar qué decisiones respaldó y cómo piensa recuperar la confianza ciudadana. Sacrificar una pieza no basta si el tablero permanece intacto. No necesitamos un mártir ministerial ni un héroe de su propia biografía, lo que necesitamos es transparencia, responsabilidades claras y medidas que eviten nuevas tragedias.
La confianza se construye durante años y puede perderse en minutos y si se quiere recuperar, se necesitan hechos, explicaciones, prevención y buena gestión, no arrogancias ni descalificaciones.
Por eso, el grito de la pared interpela también a una manera de entender el poder en la que el cargo parece un derecho adquirido y dimitir, una humillación intolerable. No se han enterado todavía que un ministerio no es una propiedad privada ni una prolongación del ego de su titular.
Y esta es la realidad: el ministro pasa y las víctimas permanecen en la memoria. Las familias tienen derecho a la verdad y los viajeros, a un ferrocarril seguro, los españoles tienen derecho a exigir responsabilidades a quienes han asumido voluntariamente la gestión pública, por eso necesitamos que las investigaciones sigan su curso, que se esclarezcan los hechos y que se depuren las responsabilidades correspondientes.
Puente podrá llamar a su salida dimisión, renuncia, retirada estratégica o jubilación anticipada de la paciencia ajena, pero sí que es cierto que ninguna palabra borrará la imagen del hombre que se aleja mientras España llora junto a los restos de su tren.
“¡FUERA!” y que esta vez la última palabra no la tenga la soberbia del ministro, sino la exigencia de responsabilidad de una sociedad harta de que el poder confunda resistir con tener razón.
Y, llegados a este punto, quiero terminar desde mi fe, porque no quiero juzgar el corazón de estos señores, que solo Dios conoce, ni permitir que la indignación se convierta en rencor. Sí puedo exigir responsabilidades y reclamar justicia sin olvidar que yo también necesito la misericordia de Dios.
Ser cristiano no significa callar ante la injusticia, sino combatirla sin dejar que el odio se apodere de nuestro corazón. Por eso, pediré al Señor que consuele a las familias de las víctimas, ilumine a nuestros gobernantes y les conceda humildad para reconocer sus errores y valentía para obrar el bien. Dios es Dios de lo imposible.
Y le pediré también que me ayude a exigir responsabilidades sin creerme mejor que nadie, porque la última palabra no debería ser el rencor, sino la justicia iluminada por la misericordia.
Jucho.-









