Lo ocurrido este jueves en Barcelona deja una imagen imposible de justificar. Sobre todo si hablamos de una sociedad que presume de defender la libertad de expresión.
Ayer decenas de activistas irrumpieron en un acto dedicado precisamente a escuchar a mujeres que habían pasado por un aborto e impidieron durante cerca de media hora que pudieran contar públicamente su experiencia.
Sucedió este jueves 17 de septiembre en Santa Maria de Montalegre, en el barrio barcelonés del Raval. El Corrent Social Cristià, Entitats per la Vida y la Plataforma per la Família Catalunya-ONU habían convocado el encuentro «¿Y después del aborto, qué?», una iniciativa concebida como un espacio para escuchar testimonios personales.
Mujeres y otras personas que habían vivido de cerca esta realidad iban a explicar qué habían experimentado antes, durante y después de un aborto.
No pudieron hacerlo con normalidad.
Pocos minutos después de comenzar el acto, un grupo de varias decenas de personas que se encontraba entre el público comenzó a lanzar gritos y consignas favorables al aborto. Según relataron los organizadores, algunas portaban pancartas y llegaron a ocupar el espacio y hacerse con el micrófono, impidiendo que las intervenciones previstas pudieran continuar.
Entre las consignas podían escucharse expresiones como «aborto libre y gratuito», «viva la lucha feminista» o «fuera rosarios de nuestros ovarios».
La protesta se prolongó durante aproximadamente media hora. Finalmente, fue necesaria la intervención de los Mossos d’Esquadra, que desalojaron a quienes estaban impidiendo la celebración del encuentro. Solo entonces pudo reanudarse el acto y las protagonistas tuvieron la oportunidad de contar aquello que habían acudido a explicar.
Un episodio cuanto menos bochornoso: un acto destinado a escuchar experiencias de mujeres terminó siendo interrumpido por personas que decían movilizarse en defensa de los derechos de las mujeres.
Porque aquí la cuestión va más allá de las legítimas diferencias que existen acerca del aborto. En una sociedad democrática se puede discutir sobre él, defender posiciones radicalmente opuestas e incluso manifestarse contra un acto determinado. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que la discrepancia pretenda resolverse impidiendo físicamente que el otro hable.
El problema ya no es entonces qué piensa cada uno sobre el aborto. El problema es quién se arroga el derecho de decidir qué testimonios pueden escucharse y cuáles deben ser silenciados.
Desde Corriente Social Cristiana han reaccionado con dureza ante lo sucedido.
«Se puede discrepar profundamente sobre el aborto. Lo que no podemos aceptar es que la discrepancia se transforme en agresión, violencia, intimidación y censura», señala la entidad en un comunicado difundido tras los incidentes.
La organización denuncia también que numerosas personas que trataban de seguir la intervención mediante streaming no pudieron conocer con normalidad lo que estaba sucediendo y anuncia que hará posible que los testimonios que trataron de ser silenciados puedan difundirse posteriormente.
La respuesta de las entidades convocantes, aseguran, no será intentar impedir los actos de quienes defienden posturas contrarias.
«No iremos a reventar actos de quienes piensan diferente. No impediremos que nadie hable. No responderemos al grito con más gritos», afirma el comunicado.
La declaración adquiere especial importancia después de lo ocurrido. La defensa de la libertad de expresión pierde todo su significado cuando únicamente se reconoce a quienes sostienen determinadas posiciones.
La verdadera prueba de la libertad comienza precisamente cuando quien habla dice algo que molesta, cuestiona o incomoda.
Y los testimonios posteriores al aborto incomodan.
Incomodan porque introducen experiencias humanas que no siempre encajan en el relato político, cultural o mediático dominante sobre esta cuestión. Existen mujeres que consideran que abortar resolvió un problema; pero también existen mujeres que relatan dolor, arrepentimiento, consecuencias psicológicas o una herida que permanece durante años. Ambas experiencias forman parte de la realidad. Pretender que unas puedan hablar mientras otras deben permanecer calladas no protege a las mujeres: las convierte en piezas de un discurso previamente establecido.
Precisamente eso era lo que pretendía evitar el acto celebrado en Montalegre: que las protagonistas dejaran de ser estadísticas, lemas o abstracciones para convertirse en personas concretas capaces de contar su historia.
Tras el desalojo, el encuentro pudo celebrarse finalmente con normalidad.
Las organizaciones provida anuncian ahora que continuarán desarrollando sus iniciativas en Barcelona. Entre ellas figura una campaña de carteles prevista entre el 25 de septiembre y el 1 de octubre, coincidiendo con los días previos a una cumbre internacional sobre el aborto que tendrá lugar en la capital catalana.
Su respuesta a los incidentes ha quedado resumida en una declaración tan sencilla como contundente. «No nos harán callar. Pero nosotros tampoco haremos callar a nadie».










