El aborto: eje axial del antihumanismo contemporáneo

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El aborto convertido en derecho subjetivo constituye una expresión central del antihumanismo contemporáneo. La biología reconoce un desarrollo humano continuo desde la fecundación, pero el discurso abortista separa “ser humano” y “persona” para atribuir derechos según criterios variables. De este modo, el deseo individual deja de someterse a la realidad y pretende decidir qué vidas humanas merecen protección.

1. Un mundo que ya no somete el deseo, sino que se somete a él

El humanismo compartido por las grandes tradiciones —estoica, platónica, budista, hebrea— hace depender la dignidad de la capacidad de subordinar el deseo a algo que lo trasciende: el logos, el dharma, la Torá. La cultura contemporánea de la desvinculación invierte ese gesto fundacional: ya no es el deseo el que se somete a un orden, sino el orden el que debe ceder ante el deseo. El aborto como derecho subjetivo es la forma jurídica más acabada de esa inversión.

2. Un hecho biológico que ningún relato puede disolver

Entre las 18 y las 24 horas tras la fecundación, en la singamia, se constituye un genoma diploide de 46 cromosomas, único e irrepetible, que dirige desde ese instante un desarrollo continuo y autodirigido. Ni la anidación, ni la actividad cerebral, ni el nacimiento introducen un salto cualitativo: son grados de un mismo proceso. La propia regla de los 14 días que rige la investigación científica —origen en el Informe Warnock (1984)— confirma, sin proponérselo, que antes de ese límite ya hay un individuo humano que merece protección jurídica en el laboratorio. Negarle esa misma protección en el útero es, por tanto, una incoherencia y no un argumento.

3. Necesidad y derecho subjetivo no son la misma cosa

Una cosa es el aborto ante el peligro de muerte o la malformación mortal, mal cometido bajo la coacción extrema de las circunstancias, al que la tradición moral siempre dispensó cierta clemencia; otra muy distinta es el aborto erigido en principio positivo de acción, en derecho ejercible sin más condición que el deseo. Ninguna tradición axial admitió jamás esto último como un bien.

4. El axioma llega antes que las razones

El debate abortista no procede de premisas a conclusión, sino al revés: primero se adopta el principio —hay un derecho subjetivo a interrumpir el embarazo— y solo después se despliega un repertorio de razones intercambiables —autonomía corporal, gradualidad de la persona, propiedad sobre el propio cuerpo— para sostenerlo. Es el emotivismo que describió Alasdair MacIntyre en Tras la virtud: vocabularios morales heterogéneos, movilizados según convenga, mientras el axioma permanece indiscutido.

5. «Persona» como maniobra para esquivar el hecho

Como el dato embriológico no cede, el argumentario necesita una distinción no biológica —»persona» frente a «ser humano»— que traslada la cuestión del terreno de los hechos, donde la continuidad es innegable, al de un criterio estipulado a conveniencia: sentiencia, autoconciencia, viabilidad. No se niega el hecho: se le resta relevancia moral mediante una redefinición ad hoc del sujeto. Es el mismo movimiento que rige toda la cultura de la desvinculación de la realidad.

6. Por eso es un eje, y no un episodio más

Las tradiciones axiales no solo sometían el deseo a un principio moral: lo sometían, antes que nada, a la realidad. El aborto-derecho no se limita a invertir la jerarquía deseo-límite: sustituye el criterio mismo de verdad, de la realidad biológica constatable a la conveniencia normativa postulada. Por eso puede llamarse, con propiedad, el eje axial de la cultura contemporánea: es el punto donde el deseo se libera no solo del límite moral, sino del límite que le impone la propia realidad.

7. La prueba del absurdo: el criterio de la dependencia no resiste

Si la dependencia radical justificara suprimir un derecho, lo justificaría igualmente en el enfermo avanzado de alzhéimer, tan dependiente como el concebido. Pero ningún sistema moral vigente acepta esa conclusión para el enfermo terminal, lo cual demuestra que el criterio real no es el grado de dependencia, sino el lugar donde ocurre: dentro de otro cuerpo. Además, la dirección del proceso es opuesta —autonomía creciente en un caso, aniquilación progresiva en el otro—, lo que hace la analogía moralmente más exigente, no menos. Como argumentó Don Marquis, lo grave de quitar una vida es la privación de un futuro de experiencias propio: futuro que el concebido tiene por delante y que el enfermo terminal, en sentido inverso, ya no tiene.

8. El derecho internacional habló de seres humanos, no de personas

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) establece en su artículo primero que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, sin introducir «persona» como categoría filtradora. Ese humanismo de posguerra, forjado bajo el impacto de quienes decidieron qué vidas merecían vivirse, no conoció la distinción que hoy se reintroduce como axioma del deseo sin límite.

9. El antihumanismo de nuestro tiempo

Negar la condición humana del ser engendrado no es un desacuerdo periférico: es la negación práctica de lo único que hace universal al humanismo, a saber, que la pertenencia a la especie humana basta para ser sujeto de derechos, sin necesidad de superar ningún examen de funciones, de utilidad o de conveniencia ajena. Por eso el aborto-derecho no es un capítulo más de la agenda contemporánea, sino su eje: el punto donde la cultura del deseo sin límite decide, finalmente, a quién considera todavía humano.

La biología reconoce un desarrollo humano continuo. Para justificar el aborto, se introduce después una frontera convencional entre “ser humano” y “persona”. #DignidadHumana #EmbriónHumano Compartir en X

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