El próximo 23 de septiembre, coincidiendo con la festividad de san Pío de Pietrelcina, regresa a España una nueva campaña de 40 Días por la Vida, que se prolongará hasta el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos.
Cuarenta jornadas de oración, ayuno y presencia pacífica ante los centros donde se practican abortos.
Una convocatoria sencilla en sus medios y extraordinariamente ambiciosa en su propósito: rezar por las madres, por los niños no nacidos y por el fin del aborto.
Madrid volverá a contar con dos puntos de oración: en la calle de los Pirineos, 7, cerca del metro Francos Rodríguez, y en la calle Hermano Gárate, 4, junto al metro Tetuán.
Barcelona con tres. La Ciudad Condal contará nuevamente con tres campañas simultáneas: frente a la Clínica EMECE, en Anglí 39; en Dalmases 34; y frente al Centro Médico Aragón, en Viladomat 158.
No se exige una preparación especial. Ni saber hablar en público, ni repartir folletos, ni entrar en discusiones. La propuesta podría resumirse en tres verbos muy cristianos: orar, ayunar y acompañar.
Ahí reside buena parte de la fuerza de esta iniciativa.
40 Días por la Vida nació con la convicción de que la defensa de la vida humana no puede limitarse exclusivamente al terreno político. Las leyes importan. Muchísimo. Pero detrás de cada aborto existe una mujer concreta, un hijo concreto, unas circunstancias concretas y, muchas veces, una soledad que ninguna estadística consigue reflejar.
La experiencia norteamericana resulta especialmente significativa. Tras la derogación de Roe v. Wade en 2022, lejos de desaparecer, el movimiento provida ha tenido que adaptarse a una nueva realidad. La batalla continúa en los estados, en los centros de ayuda a la maternidad y frente al crecimiento del aborto farmacológico. Mientras tanto, 40 Days for Life asegura que la demanda de campañas y la formación de voluntarios han alcanzado niveles históricos.
Después de 19 años, la iniciativa está presente en más de 1.000 ciudades de 63 países. Y su estrategia continúa siendo sorprendentemente elemental: personas corrientes haciendo turnos de oración frente a lugares donde cada día se decide sobre la vida de otros seres humanos.
No parece mucho. Sin embargo, el cristianismo conoce bien la desproporción entre la pequeñez de los medios y la grandeza de los frutos. Un poco de levadura transforma toda la masa. Cinco panes y dos peces alimentaron a una multitud. Una muchacha de Nazaret pronunció un «sí» que cambió la historia.
Por eso resulta tentador preguntarse qué puede conseguir una persona rezando durante una hora en una acera madrileña. Probablemente nunca llegue a saberlo.
Quizá una madre que entra en una clínica vea a alguien rezando y se pregunte por qué está allí. Quizá otra descubra que existe ayuda. Quizá un trabajador del centro comience a cuestionarse algo que hasta entonces había considerado rutinario. Quizá aparentemente no suceda absolutamente nada.
Pero para el cristiano la eficacia de la oración nunca se mide exclusivamente por aquello que alcanzan a ver sus ojos.
Participar en 40 Días por la Vida significa también negarse a aceptar que el aborto sea simplemente una realidad inevitable de nuestro tiempo. Significa recordar públicamente, pero sin estridencias, que cada vida humana posee una dignidad que no depende de su tamaño, de su salud, de las circunstancias de su concepción ni del deseo de los demás.
Y significa acompañar también a las madres. Porque una auténtica cultura de la vida no puede limitarse a decir «no abortes»: debe estar dispuesta a responder después a la pregunta decisiva: «¿Y ahora quién me ayuda?».
La invitación de esta campaña es especialmente concreta: escoger un turno y comprometerse, si es posible, con una hora semanal. Se puede acudir solo, con amigos, con una parroquia, con la familia o con un grupo.
Del 23 de septiembre al 1 de noviembre, España vuelve a tener una cita con la vida.
Tal vez no puedas cambiar una ley. Tal vez no puedas transformar una cultura entera. Pero puedes ofrecer sesenta minutos.
Y, como tantas veces ocurre cuando Dios entra en juego, nunca sabemos hasta dónde puede llegar una hora entregada por amor.
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